¿Estamos ocupados o somos realmente efectivos? No es lo mismo. Estar ocupados es llenar la agenda; ser efectivos es mover la aguja. Hoy vivimos rodeados de actividades: reuniones, correos, chats, informes, paneles, ceremonias y declaraciones que ocupan tiempo y energía. Pero el ruido no es avance. Lo que transforma realidades no es la cantidad de acciones, sino la calidad de las decisiones que tomamos y la capacidad de convertirlas en resultados concretos.
En muchos espacios esto es evidente. Vemos organizaciones –públicas y privadas– que acumulan horas de reuniones y generan documentos interminables, pero que en el fondo no logran mejorar nada. Mucha visibilidad, poca efectividad. Mucha presencia, pocos resultados reales. La burocracia es quizá el mejor ejemplo de esta distorsión: trámites duplicados, procesos interminables y pasos inútiles que llenan agendas, consumen recursos y desgastan a la gente, pero no resuelven los problemas para los que fueron creados.
Charles Chaplin decía que “las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas”. Esa frase contiene la esencia de la gestión por resultados. No se trata de hablar de lo que haremos, sino de cumplir encargos específicos y transformar obstáculos y problemas en soluciones visibles. Una organización –y un país– avanza cuando tiene prioridades claras, responsables definidos y metas medibles que marcan un rumbo.
Lo que no se define, no se mide; y lo que no se mide, no se logra. Por eso, documentar cada prioridad y asignar responsabilidades es fundamental. Rendir cuentas no consiste en reportar actividades, sino en demostrar si se alcanzó el resultado esperado. Las preguntas esenciales deberían guiar el ritmo de toda organización: ¿qué se te encargó?, ¿lo cumpliste?, ¿qué impacto generó? Cuando estas preguntas se esquivan, el trabajo pierde sentido y la misión se vacía.
Y cuando se pierden los resultados, se pierde lo más valioso: la confianza. La gente no espera discursos perfectos, espera soluciones. Espera que los compromisos se cumplan. Espera que quienes lideran actúen con enfoque, responsabilidad y respeto por los recursos que administran.
Yo considero que ser efectivos es una cultura. Es una forma de liderar que honra el tiempo y la confianza de los demás. Quienes gobiernan, dirigen o emprenden están llamados a transformar realidades. Y eso requiere valentía para priorizar, disciplina para ejecutar y humildad para corregir cuando es necesario.
En tiempos donde el país demanda transformaciones urgentes, la efectividad es un deber compartido.
Hensey Vega –escritor, marquetero colombiano y agudo pensador– dice que nombrar es crear: cuando le damos nombre a algo, lo hacemos existir, le damos forma y lo convertimos en propósito. Cuando un país nombra algo, le da un propósito. Y en los momentos que vivimos, no hay propósito más fuerte que lograr resultados que hagan que la gente viva mejor. Declarar el 2026 como el “Año de la Efectividad” no sería un gesto simbólico, sino un acto de enfoque nacional, una responsabilidad de todos. El país necesita un compromiso colectivo con la efectividad, entre todos. (O)