El pasado 13 de abril se celebró el Día del Maestro. Al respecto es necesario realizar las siguientes reflexiones:

A la construcción y engrandecimiento de los pueblos y sociedades contribuyen toda clase de hombres, mas hay algunos a los que se denomina hombres-fe, hombres-entrega, los cuales antes de proceder piensan, se repliegan en su interior y, después de un profundo análisis y de examinar varias posibilidades, escogen la mejor. Para esta clase de personas, lo más importante es atinar con la verdad y encontrarla, difundirla, ante quien sea, no importando que por ello tenga que sufrir persecuciones, perder la tranquilidad de su hogar o el bienestar financiero. Me estoy refiriendo a los maestros, para quienes sobre todas las cosas mentir es un delito, adular una traición y desfigurar una catástrofe.

Los maestros, siguiendo el ideal de Rodó, cumplen aquella máxima: enseña, enseña siempre, enseña aunque estés enfermo, aunque te quedes pobre. Enseña siempre, que ese es tu destino.

Además, no importándoles los aspectos materiales ni la edad ni el cansancio, están acordes con Alejandro Casona: “Camina, esqueleto, camina, que la vida comienza mañana”. Para los maestros siempre habrá un rayo de luz y de esperanzas que iluminen su camino. Para ellos, hay un solo norte: difundir la verdad con entrega, con enorme amor y diletante esperanza.

En la época actual, marcada por vertiginosos avances tecnológicos, inteligencia artificial, automatización y acceso inmediato a la información, podríamos creer que la labor del maestro ha perdido protagonismo frente a las máquinas y a las nuevas herramientas digitales. Sin embargo, ocurre lo contrario: mientras más avanzada la tecnología, más indispensable se vuelve la presencia de maestros con sólidos valores humanos.

La tecnología puede ofrecer datos, respuestas rápidas y múltiples recursos de aprendizaje, pero jamás podrá reemplazar la esencia moral y formativa que transmite el maestro.

En la actualidad, los docentes priorizan el pensamiento crítico y la ética sobre la simple información, enseñando a los alumnos a convivir con respeto y responsabilidad.

Ahora bien, hoy más que nunca niños y jóvenes necesitan referentes éticos. Frente a estas pantallas que informan pero no orientan moralmente, el maestro sigue siendo esa figura de escuchar, comprender, corregir y motivar.

Por supuesto, los maestros deberán sobre todo y ante todo atender a la formación de estudiantes con arraigada conciencia social, capaces de comprender que ella no es una parcela del conocimiento sino una síntesis de la cultura. Se deberá insistir en la educación ética de los educandos para evitar la aparición de “aprendices de brujos”, que desligados de sus razas e inobservantes de la moral, obsesionados por el “becerro de oro”, deberán convertirse en la sonora conciencia de su tiempo.

He tratado de hacer una síntesis del aporte de los maestros frente a la tecnología, resaltando que el maestro no pierde vigencia: se engrandece. Su papel ya no es solo enseñar conocimientos, sino humanizar el progreso, orientar el uso responsable de la tecnología y recordar que el verdadero desarrollo solo es posible cuando va acompañado de valores. (O)