Fernando Savater en su libro El valor de educar le dedica un capítulo a la importancia de volvernos humanos. Si bien nacemos en el seno de una sociedad, el llegar a ser humano es un proceso. Para Savater, lo particular de lo humano es la capacidad de la compasión, la solidaridad y la benevolencia hacia otros.
Y concluye que nacer no es suficiente, sino que debemos plantearnos llegar a ser seres humanos. No obstante, desde mi punto de vista, la familia y las instituciones sociales son las responsables de esa formación, no la voluntad individual. Pero flaco favor se hace a las personas en su formación, en un entorno donde sus líderes políticos son malos referentes morales.
Si bien nacemos humanos, está claro que las virtudes fundamentales se adquieren en un proceso de formación y análisis moral para guiar el comportamiento. Y precisamente ese debate y esa reflexión han quedado fuera de las aulas, donde las materias de corte humanista son menospreciadas por las áreas técnicas.
Para que las relaciones sociales se vuelvan humanas se requiere formar a profesionales que, además de usar la tecnología, se pregunten cotidianamente si su trabajo contribuye a un mundo mejor.
Las personas tenemos un proceso de aprendizaje que no termina nunca. Gracias a esa circunstancia, las sociedades tienen nuevas oportunidades para reeducar a sus poblaciones. Urge poner en el tapete el valor de la vida, sobre todo cuando está relativizado por los deseos inmediatos y la búsqueda de soluciones rápidas.
El deseo de la inmediatez confabula contra el aprendizaje y lo humano. El papa Francisco lo había calificado como la perspectiva del descarte, que hace tanto daño: al hijo indeseado se lo aborta, al viejo improductivo se lo recluye en un asilo, a los presos violentos se los mata. ¿Será aquello humano? ¿Dónde quedaron la solidaridad, la compasión o la benevolencia? Seguramente, la solidaridad, la compasión o la benevolencia se aplican solo así. Porque, justamente, aquellos que delinquen reclaman ser tratados como humanos, cuando ellos en su minuto ejercieron la fuerza y el poder para lastimar a otros.
Aprendemos a ser humanos y las sociedades dieron –por mucho tiempo– importancia a la familia. Es en el seno de la familia donde aprendemos a amar, respetar y soñar un mundo mejor para nosotros y otros. De ahí que en comunidades ancestrales, como las indígenas, cuando un miembro comete un acto inhumano es llamado para ser juzgado por toda la comunidad, pero no va solo, lo acompaña la familia en la que se formó. Porque el fracaso de un ser humano es un producto social.
Quizá frente a un delincuente juzgado por sus maldades deberían dar la cara sus familiares, sus maestros, sus líderes espirituales y sus vecinos de barrio. Porque una persona es resultado del ambiente que la rodea, pero también resultado de los abandonos, de la soledad que se llena con redes sociales y de las ideas torcidas que no encontraron quién las rectifique.
Como dice Savater, nos formamos como seres humanos en el día a día y quizá esa sea la única manera en que las sociedades encuentren el camino al desarrollo y progreso. (O)