Mientras intento escribir, los truenos y la luz de los relámpagos estremecen las ventanas de la casa. Los animales se cobijan en los rincones más oscuros; la perra se agita. La ciudad es un lago revuelto, el agua se regresa por las alcantarillas y pequeños peces del Salado se estremecen en las calles, buscando una corriente que los devuelva al estero. Muchos sienten los estragos de trabajar con zapatos mojados y dormir en la humedad.

El agua se lleva un colchón, los cuadernos de un niño, las fotografías. Desde fuera decimos “pérdidas materiales”.

Un colchón puede reemplazarse, aunque no siempre haya dinero para hacerlo. Hay cosas que el agua arrastra que no se pueden comprar de nuevo. Son pedazos de vida.

Están también las horas de trabajo perdidas, el pequeño negocio que no pudo abrir, la preocupación de quien no sabe cómo alimentar a su familia mañana.

En los barrios muchos ayudan, dan la mano, ofrecen una bebida caliente. Una vecina invita a unos niños a bañarse bajo los chorros que caen del techo. Recoge agua de lluvia en una olla, la hierve y prepara chocolate caliente. Después los seca y les brinda el chocolate con tortas fritas. Los niños recordarán la inundación, pero también el chocolate caliente.

Dar ropa seca, comida y un lugar donde descansar es devolver un poco de confianza. Un refugio, un consuelo. Cuando baje el agua, esa capacidad de cuidarnos merece durar.

La solidaridad necesita autoridades que cumplan su tarea: nadie debería vivir esperando el próximo rescate.

Porque cuando el agua baje no desaparece el problema. Queda el barro pegado a las paredes, la ropa que no termina de secarse, el olor a humedad y el cansancio de quien empieza a limpiar sin saber si la próxima lluvia volverá a llevárselo todo.

Para algunos, volver a empezar es una tarea que se repite cada año.

Prevenir exige mirar más allá de las emergencias: revisar los desagües, cuidar los esteros, mantener las obras y escuchar a quienes conocen sus barrios. También preguntarnos dónde y cómo se construye y qué opciones tienen las familias que viven en los lugares más expuestos. La ayuda es indispensable; la prevención y la planificación también.

El pasado 9 de octubre Panamá sufrió un terremoto de magnitud superior a 7. Hubo daños y algunas edificaciones colapsaron. Sus consecuencias nos recuerdan la importancia de construir con normas adecuadas, aunque los daños de un sismo también dependen de otros factores, como la ubicación de su epicentro.

En nuestro país, las inundaciones y los deslaves conviven con la falta de agua en las zonas que alimentan las represas y con la amenaza de cortes de luz. Parece un sinsentido. La naturaleza tiene sus tiempos y sus fuerzas; nosotros tenemos la responsabilidad de prever, planificar, cuidar.

Lo bueno está ahí: todavía podemos aliviar la vida de otro, incluso cuando no podemos resolverla entera.

Queda una pregunta: cuando se retiren las cámaras, cuando la noticia sea otra, ¿quién seguirá acompañando a quienes tienen que empezar de nuevo? (O)