Hay personas que nacen en una ciudad y otras que la eligen. Carlos Lamas pertenece, sin duda, a ese segundo grupo: el de quienes sin haber nacido en Guayaquil terminan encarnando su espíritu con una autenticidad que muchos envidiarían. Su partida deja un vacío en la gastronomía y en la vida social y cultural de una ciudad que él ayudó a construir desde la cercanía y la hospitalidad.
Carlos fue mucho más que el fundador de La Tasca Vasca y luego de La Tasca de Carlos. Fue el alma de esos espacios. Durante más de tres décadas, sus restaurantes ofrecieron comida española tradicional y, al mismo tiempo, se convirtieron en puntos de encuentro de Guayaquil.
Allí coincidían generaciones y oficios distintos, unidos por una atmósfera que tenía nombre propio.
Quien cruzaba su puerta lo encontraba siempre presente. No era un anfitrión distante: estaba en la entrada, en las mesas, en la conversación.
Saludaba, opinaba, escuchaba. Hacía sentir a cada visitante en casa.
Junto con su esposa creó un lugar donde la calidez no era un detalle, sino la esencia.
Hay en su historia un mérito adicional: el de la migración.
Echar raíces en una ciudad ajena implica empezar de nuevo, ganarse la confianza y abrirse camino en lo desconocido. Carlos no solo lo logró: fue más allá. Construyó un espacio donde otros también podían sentirse en casa.
Transformó la distancia en cercanía. Sus restaurantes no eran solo sitios para comer, sino refugios de conversación y pertenencia.
Logró que la comida española se sintiera profundamente guayaquileña, no por cambiarla, sino por el ambiente que creó. Sus tascas se volvieron paradas obligadas de extranjeros visitantes, para entender el pulso humano, social, cultural e intelectual de la ciudad.
Tuve la fortuna de visitarlo muchas veces, en compañía de amigos del ámbito político y periodístico.
En esas mesas no solo se comía bien: se pensaba y se debatía. Carlos siempre tenía una opinión. Y te la hacía saber con respeto. Estaba atento a lo que ocurría en el país, comprometido con la libertad de expresión, la democracia y la vida pública.
Ese compromiso es parte esencial de su legado. Porque no fue solo un gran anfitrión gastronómico, sino también un ciudadano activo y un generador de encuentros. Entendía que los espacios importan, pero que son las personas quienes les dan sentido.
Hoy Guayaquil pierde a uno de los suyos. Porque hay pertenencias que no vienen dadas por el nacimiento español, sino por la entrega.
Carlos eligió Guayaquil, y Guayaquil lo hizo suyo. Y los muchos guayaquileños que tuvimos la suerte de conocerlo, perdemos un amigo, un guayaco más, con acento español.
Ojalá que la semilla que sembró perdure. Que su hija Alicia y las nuevas generaciones mantengan viva esa tradición, y que siempre haya un Lamas recibiéndonos con la misma calidez. Que ese rincón siga siendo un pedazo de España en Guayaquil, donde todos, alguna vez, volvemos a casa.
Desde esta columna rendimos homenaje a Carlos y expresamos nuestras condolencias a su respetable familia.
Paz en su tumba. (O)