La música country y el fútbol americano son reductos de americanismo duro, con escasos adeptos fuera de EE. UU. Entre las pocas estrellas de country reconocidas en el “resto del mundo” está Dolly Parton. Esta artista deslumbrante por sus facultades, su creatividad y consistencia cumplió la semana pasada 80 años. Las singulares circunstancias de la vida y obra de la cantante toman un sentido trascendente si se proyectan sobre la situación de la sociedad norteamericana. Ella nació en Pittman Center, una población de menos de mil habitantes, en los montes Apalaches. Es el país de la música country, allí surgió el género musical llamado justamente appalachian que, sobre un perceptible sustrato británico, añadió influencias africanas, hispánicas y de himnos religiosos, para dar origen al country, al bluegrass, al western y puso las bases para el rocanrol.
Su familia era pobre, vivían en una cabaña de troncos. Comenzó con la música a los 10 años, fue un lanzamiento a la luna, ahora tiene una fortuna estimada en $ 500 millones, hoteles y dos parques de diversiones. El sueño americano en una de sus más altas expresiones. El premio que promete este colosal país que entre sus presidentes más admirados tiene a Lincoln, también nacido en una cabaña, no llega sin esfuerzo. Ha compuesto más de 3.000 canciones, no pocas basadas en anécdotas de sus humildes orígenes, Abrigo de muchos colores es un clásico, y otras tantas que han sido éxitos, pienso en Jolene. Todas ejecutadas en algún momento con su diamantina y versátil voz de soprano en decenas de discos y millares de eventos.
Siempre fiel a sus raíces, su música hace pocas concesiones a otros géneros. Es una devota cristiana pentecostalista que proviene del sureño estado de Tennessee. Blanca, rubia eterna, ojos azules. Su cuerpo menudo está muy bien dotado. En su condado natal Trump ganó con el 80 % de los votos. Parecía natural que Parton formara en las filas del movimiento MAGA (Hacer grande a América otra vez), pero ella nunca comprometió su arte ni su vida con la política. Cuando ha debido hacerlo, se ha manifestado a favor de los derechos universales. Por eso el trumpismo la considera una traidora a su clase. Cuando cambió el nombre de uno de sus negocios, suprimiendo la palabra “dixie” (sureño), que había adquirido connotaciones racistas, un energúmeno la atacó.
Pero su imagen ultrafemenina, su visión del amor, los temas de sus canciones, difícilmente iban a ser acogidos en el otro extremo político, el mundo woke. Dolly Parton es una notable filántropa, que hace significativas donaciones a iniciativas sociales. Ella creó la Imagination Library, un esfuerzo para repartir gratuitamente millones de libros a niños en varios países, en nombre de su padre analfabeto. Un gobernador republicano “contribuyó” a la causa cortándole los fondos de ayuda estatal, mientras que académicos woke atacaban los contenidos de los cuentos acusándolos de no ser suficientemente “inclusivos”. Resulta que ahora las corrientes que antes estuvieron censuradas pasaron a ser obligatorias. En esa absurda disyuntiva, de un mundo que ya no entendemos, se debate una mujer admirable, cuyas creaciones oiremos por siempre. (O)