A menudo interpretamos que todo es arte: el amor es un arte, la pintura, la escultura, la poesía, los versos, hasta la sonrisa es un arte, porque hay algunos que hasta para reírse lo hacen feo, con estruendo, cuando la belleza es sabia y silenciosa. Hay personas que hasta lloran con clase.
Tagore decía que todo lo vemos al revés y después nos extrañamos de no entender nada y en “el todo vale” de algunos cerebros atávicos ahora lo malo lo queremos convertir en bueno, lo anormal en normal, la verdad es lo que yo pienso y no me importan los demás; y hemos transformado la barbarie de las cavernas en una barbarie ilustrada. Hay gente que niega a Dios porque no lo ve y porque no habla, y no se dan cuenta de que todo lo que vemos habla por Él, como decían los upanishad: Dios está en todas partes y se manifiesta en el silencio y todo lo hace en silencio; cómo forma los niños a partir del óvulo y el espermatozoide, en silencio, 40 semanas y nace un nuevo ser; la semilla revienta por sí sola y da lugar a las raíces, al tallo, las flores, el fruto; cómo de una semilla de sandía se reproduce por centenares en el nuevo fruto; cómo el sol en silencio reverdece los campos; cómo el agua en silencio sacia la sed de animales y plantas e incluso se da el lujo de producir la luz.
Estamos aún en pañales cuando queremos desentrañar todas las falencias del cuerpo. Imagínense cuánto tenemos aún por investigar sobre el alma que es eterna y nos catapultará hacia espacios infinitos. Me parece genial lo que Francisco de Quevedo dice: “Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan o fecundan mis asuntos; y en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos”. (O)
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Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro



















