La tecnología digital nos confina en el instante. La dimensión de la temporalidad se transforma en un constante presente. Los diseños actuales de la tecnología digital propician la destrucción de nuestra concentración y potencian nuestras ansias de novedades, imágenes, mensajes, estímulos. De este modo se logra fidelizar al individuo a los dispositivos digitales encargados de extraer continuamente los datos personales con los que se predice y condiciona su comportamiento; este encierro en él, presente, es una muestra de animalización; es lo propio de los animales inferiores, que carecen de thymós, valentía, entendida como la capacidad para posponer el placer del momento.
Para evitar la digitocracia, es imprescindible una decidida acción política y jurídica, al menos en dos planos. De un lado, configurando una arquitectura de la tecnología digital que en lugar de servir a la eficiencia de los mercados y los Estados, se ponga al servicio de la libertad y la igualdad humanas, garantizando un acceso igualitario y completo a la información, propiciando la participación social libre y reflexiva, minimizando el acceso y la conservación de los datos personales y estableciendo una gestión pública de estos, concebidos como bien común. Además, proclamando unos nuevos “neuroderechos” que nos protejan frente a la manipulación de la mente: los derechos a la libertad cognitiva, la privacidad mental, la integridad mental y la continuidad psicológica. (O)
Pedro García Rodríguez, Girona, España









