Nacieron en dos ciudades del sur de Ucrania, a unas cuantas horas de distancia y con diecisiete días de diferencia, a fines de 1920. Ambos eran de origen judío y políglotas. Ambos abandonaron su religión y su país de nacimiento. Los padres de él murieron por los nazis. Los de ella sobrevivieron huyendo al Brasil. Escribieron en idiomas diferentes al de su origen. Él era poeta. Ella, narradora. Ambos tradujeron: ella a Doris Lessing, a Fielding, a Swift. Él a René Char, a Rimbaud, a Ungaretti. Nunca se conocieron.

Pero quisiera suponer que sí, que en 1959, cuando se tradujo en la editorial parisina Plon la primera novela de Lispector, Cerca del corazón salvaje, Celan se sintió atraído por el título, por las dos gruesas franjas lila y amarilla de la portada de esa remota autora señalada como brasileña, y compró la novela de camino a las clases que daba en la Escuela Normal Superior de la rue d'Ulm (en un aula al lado de donde dio clases Samuel Beckett). O al revés, y que es lo más probable, que ella lo haya leído en traducción francesa. No lo sé. No soy un experto en la obra de ambos. Los he leído lentamente. Me parece imposible agotarlos. Incluí un poema de Celan en una novela mía de 600 páginas como si le hubiera hecho un marco necesario, y creo que me quedé corto. Todavía no sé como será mi homenaje a Lispector.

Ahora que se celebran cien años de sus respectivos nacimientos, su aniversario es luz en medio de tanto ruido verbal de victimización, sensacionalismo y mediocridad. Nada mejor que reunirlos para nuevos lectores. Son parte decisiva de la escritura radical más importante de la mitad del siglo XX. Atormentados ambos por la palabra, siendo la palabra su medio de salvación y, al mismo tiempo, de condena. “Perdí la palabra porque intenté decirla”, escribió Lispector en Un soplo de vida, su novela póstuma, donde un Autor (así, con mayúscula) y su personaje, la escritora Ángela, cruzan sus respectivos discursos. Él ve a su personaje, pero ella no puede escuchar al Autor. Todo es una puja verbal. Pero el recorrido y el tanteo es su logro. “Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender”, dice Lispector al inicio de La pasión según G.H., y uno no puede olvidar esas líneas nunca más.

Quiero suponer que el poema de Celan Elogio de la lejanía sirve para entender a Lispector: “En la fuente de tus ojos, viven las redes de los pescadores de la mar del extravío”. ¿Quiénes son estos “pescadores de la mar del extravío”? Los críticos de Celan –de Gadamer a Bollack– hacen largas circunnavegaciones para revelar las referencias que subyacen en sus versos. No menos que las líneas de Clarice. Ella es un poco más amable, porque la prosa es más amable, aun en su oscuridad. Quizá descifra a Celan en un párrafo que tengo enmarcado en mi memoria: “Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra”. Allí están ambos, preocupados por la fuente entre las palabras.

Él murió en 1970. Ella en 1977.

Siguen vivos. (O)