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El temor al referéndum

Entre los varios argumentos que se han esgrimido en contra de la iniciativa ciudadana, respaldada por alrededor de 300.000 firmas, para reformar, entre otros, al Poder Legislativo, hay uno que destaca por su recurrencia y sus implicancias. Me refiero a que el proyecto de reformas constitucionales buscaría debilitar a las provincias, especialmente a las “provincias pequeñas”. Hasta se ha dicho que esto le convierte en un proyecto “sectario”. Lo han dicho varios asambleístas en el primer debate del pleno y lo han repetido en la comisión de reformas constitucionales para justificar la mutilación del proyecto. Y todo porque el proyecto propone la creación de una cámara de 30 senadores elegidos nacionalmente, es decir, por todo el país.

El argumento no es solamente un absurdo, pues la cámara de representación provincial tendría tres veces más miembros que la de representación nacional, sino que, además, revela una realidad que debe llamar a la reflexión. Los asambleístas que cuestionan así al proyecto estarían admitiendo que ellos no ven su tarea en términos nacionales, no ven al país en su conjunto e integridad, sino en términos provinciales, como simples delegados de sus provincias. Bajo esa concepción tan fragmentada de lo que debe ser el Poder Legislativo, se entiende el temor que le tienen a establecer en el Ecuador, por primera vez, una cámara legislativa compuesta exclusivamente de personas elegidas a nivel nacional y que tenga potestades constitucionales propias y diferenciadas. El rechazo al proyecto estaría por convertirse en una evidencia más tanto del nefasto fraccionamiento que sufre el Ecuador, como de los nefastos intereses que se nutren de él. Tener al Ecuador como una nación enclenque, como la simple suma de provincias, y no como un proyecto de dimensiones nacionales, alienta a la corrupción, a los caciques locales, a los capos regionales, fomenta el mangoneo, el chantaje, premia la mediocridad y aviva las dictaduras, ya sean civiles o militares, ya sean solapadas o abiertas. No es una coincidencia que el retaceo de nuestro sistema político fue impulsado con toda devoción por el dictador y jefe de pandilla que nos gobernó por más de una década. Hoy hay quienes creen que es un síntoma de “democracia” el que haya 137 asambleístas ensamblados en una sola cámara, más de 15 candidatos a la Presidencia, más de 200 organizaciones políticas registradas, y miles de candidatos para centenares de dignidades. Y de paso, todo este circo financiado con dinero público.

La creación de una cámara de 30 de senadores, elegida por votación nacional, directa y universal, no constituye ningún “ataque” a las provincias. Después de todo, y afortunadamente, en el Ecuador hemos tenido legisladores provinciales de primera línea, aunque hayan sido escasos en su número. Quizás el proyecto podría ser más bien una respuesta al provincianismo con el que está infectada nuestra política, pero eso es algo diferente.

Puede ser comprensible que no les guste el proyecto de reformas del Poder Legislativo a muchos asambleístas, pero lo que no pueden hacer es impedir que la ciudadanía debata dicho proyecto y decida si es o no conveniente para el país habiendo ya la Corte Constitucional emitido su dictamen. Esa obstrucción viola el texto constitucional y su espíritu. (O)

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