La velocidad e intensidad con las que penetró el coronavirus SARS-CoV-2 en Guayaquil, en marzo de este año, llevaron a que hasta mediados de abril los habitantes de esta ciudad fueran presa de la desazón y angustia porque no se daban abasto los hospitales, las ambulancias ni los servicios funerarios. Los llamados de auxilio, de todo tipo, eran sucesivos por redes y en chats de periodistas.

En confinamiento por el temor de ser contagiados de COVID-19, hubo que lidiar con familiares enfermos que no lograban ser atendidos, el fallecimiento de muchos y la dificultad de evacuar sus cuerpos.

Por la incapacidad logística de responder a la fiereza con la que se propagó el virus, fuimos citados como ejemplo de comportamiento que debe ser evitado.

Sin embargo, es en medio de las crisis cuando afloran las fortalezas. Y los habitantes de esta urbe han dado muestras de participación, apoyo, compañerismo, camaradería, fraternidad, adhesión, compasión, respaldo, unión.

Son muchas las acciones anónimas que, asumiendo los intereses del otro como propios, contribuyeron de diversas maneras para paliar el embate de la pandemia. También respondieron unas 250 organizaciones, aportando con ayuda para enfrentar la tragedia en Guayaquil.

Cuatro meses después del pico de los contagios y muertes, Guayaquil ha sido citada por medios extranjeros como ejemplo de recuperación de uno de los peores brotes de COVID-19 del mundo.

A pesar de no estar exentos de nuevos contagios, enviamos un equipos de médicos para apoyar a Quito y recibimos en hospitales a pacientes de COVID-19 que llegan desde otros cantones y provincias.

Ciudadanos por su cuenta, fundaciones, grupos de familias o amigos, empresas, entidades privadas, organizaciones de la sociedad civil y barriales, así como autoridades, han actuado positivamente para levantar a Guayaquil.

Es grato reconocer que, por sobre otras cualidades que caracterizan a los guayaquileños, se destaca su solidaridad. (O)