Seguramente es muy difícil articular proyectos desde el escritorio leyendo todos los datos proporcionados por los órganos correspondientes, en una moderna computadora dentro de una oficina con aire acondicionado y secretarias, trasladándose a hacer las visitas de campo en camionetas doble cabina con vidrios oscuros y chofer, recibiendo observaciones de un sinnúmero de asesores con maestrías y Ph. D., asistiendo a las reuniones con cenas y postres. Debe ser difícil, bastante difícil.
Pero puedo asegurar que es mucho más complicado ser del grupo en el cual dichos proyectos terminan siendo dirigidos, que de los que se enfrentan con la realidad cada amanecer.
Nadie puede desmerecer el trabajo que realizan las autoridades y los funcionarios que se encuentran encima del escalafón medio salarial, de los que reciben sueldos que exceden en el 1.000% el salario básico de un trabajador común, pero se debe hacer notar que dentro de esta categoría de tomadores de decisiones existe un problema, que todos se encuentran en una burbuja social. Es imposible desarrollar un proyecto para el pueblo sin conocer realmente su situación.
No se puede pretender saber lo que necesita un grupo vulnerable sin conocer de primera mano los desafíos a los que se enfrenta. El ir a un evento organizado por partidarios, sentarse unas horas a la mesa principal comiendo el mejor plato junto a algunos escogidos de los organizadores, ponerse un poncho y tomarse una foto con el zapatero del barrio, no lo convierte en uno de ellos, solo lo vuelve o iluso o hipócrita.
¿Acaso las autoridades realmente creen que a un agricultor lo tratan igual en una institución financiera, luego de que se han ido prometiéndole crédito flexible a largo plazo y bajo interés? ¿De veras piensan que aquel funcionario que un día antes se desesperaba por cumplir un récord en atención eficiente, lo sigue haciendo cuando el gran jefe no está? ¿En serio piensan que grandes industriales pagan los precios acordados en esos elegantes convenios, cuando ya no hay nadie quien los controle? La respuesta es un rotundo no.
Todos los proyectos que pretendan ser elaborados para cualquier grupo social deben tomar en cuenta al menos la opinión de sus verdaderos representantes. Pero no por medio de pantomimas y bonitos eventos que en nada representan el diario vivir del ciudadano de a pie, porque eso no es más que un desperdicio de recursos, que ahora no tenemos. La forma correcta de hacerlo es en mesas de trabajo con las personas que viven y conocen la zona, pero escuchándolos de verdad, no llegando con soluciones preconcebidas con base de las conversaciones que tuvo entre burócratas en un coctel. Se deben hacer en el campo, en el pueblo, en el barrio, donde sea que no haya plata para pagar la luz, que consume el aire acondicionado de lujosas oficinas.
Mi carta espera visualizar sobre los problemas sociales, a quienes tan solo pretenden utilizar a las masas para obtener fines personales y partidistas.(O)
Francisco Ramírez Parrales,
ingeniero, arrocero; Samborondón









