Parafraseo el breve ensayo de Jorge Luis Borges, Kafka y sus precursores para acercarme a la pintura de Araceli Gilbert que en estos momentos se expone en el Museo Nacional del Ecuador, en Quito, y que recomiendo por la oportunidad de ver una vez más, o por primera ocasión, una selección representativa de la gran pintora ecuatoriana, curada por Adriana Díaz, Marcela Blomberg y Lenin Oña, acompañada por un estupendo catálogo en el que Oña realiza una introducción certera a la obra. No son muchos cuadros, pero son los suficientes para entender el alcance de Gilbert y disfrutar su talento tan original y vivo como polémico. No pueden perderse ver obras como Malabar, Acento, Construcción horizontal y, sobre todo, el incomparable Réquiem por Sidney Bechet, un cuadro único en el que me detendré y que, al pertenecer a una colección privada, vuelve única esta ocasión para disfrutarlo.

A estas alturas ya nadie discute la vinculación (o distancia) de la estética de Araceli Gilbert con un Ecuador volcado a los remanentes impositivos del realismo social y su implícito figurativismo ideológico. Puesta en perspectiva, toda figura humana, de las que carece Gilbert, señala un relato que permite, rápidamente pero simplificando, el reconocimiento del motivo pintado. Al barrer con esa figura, la pintura, como las otras artes que toman distancia de la representación humana, exige una adecuación óptica y narrativa. Hay que detenerse frente a un cuadro de Araceli Gilbert y descubrir –no reconocer– lo que cuenta la obra por sí misma, quizá porque el animal de la abstracción anda siempre a la búsqueda de su propio reino. Tal como ocurrió en literatura con Pablo Palacio y el primer Humberto Salvador, los prejuicios ideológicos velaron la comprensión no solo del gran talento sino de la preocupación honda, aunque no explícita, por su época y su relación con las historias literarias y pictóricas. Artistas como ellos abren el espectro y señalan que no es posible hablar de una única tradición y de un solo país, y que la apertura hacia otras tradiciones y familias no implica nunca una traición sino un enriquecimiento. Esa incomprensión también revela que los problemas con la tradición no ocurren necesariamente con los grandes creadores sino con los epígonos restrictivos y sus albaceas críticos. Distanciándose de ellos, Lenin Oña advierte no solo que Araceli Gilbert se nutrió de la línea de Kandinsky, Malevich o Piet Mondrian, o que se haya formado con Auguste Herbin en París, sino que hace una lectura paralela, muy al paso, pero evidenciando una relación relevante, que en la línea constructivista de la pintora haya inspiración o diálogo, como en el cuadro Estructura lineal, con diseños textiles de pueblos amazónicos como los Shipibo, o que el cuadro Manhattan no solo alude a los rascacielos de Nueva York sino a las fajas de las mujeres indígenas. No se diga la intensidad cromática de América Latina. Aquí hay todo un camino para profundizar porque revelan esos precursores que no eran visibles y que pasan a un primer plano gracias a la mediación no demagógica, sino alusiva y estética, del artista posterior, lo que señala Borges respecto a Kafka para reconfigurar la estrechez y quietismo de la tradición mal entendida, iluminando obras marginales o sesgos que pasan a convertirse en precursores. Por supuesto, hay cuadros de Araceli que establecen un diálogo directo, como Malabar con Vasarely y el Homenaje a Anton Webern. Como señalé, hay que detenerse en los cuadros y descubrir el sentido progresivo de las líneas y colores de su pintura. Hay que esperar su fiesta secreta. Incluso sugiero percibir las texturas de los acrílicos y óleos aplicados a lienzo y madera. Ver ahora la exposición me ha revelado, más allá del colorido de la paleta de Gilbert, la enorme importancia del blanco en su obra. Un blanco que no es plano, como ocurre en el Réquiem por Sidney Bechet. Si uno solo lo viera por reproducción fotográfica, se perdería el detalle de la textura diferente que aplica Gilbert en el blanco de este cuadro. Este homenaje a la muerte del gran músico de jazz es, en sí mismo, una pieza musical. Necesitaría la extensión de una novela o al menos de un cuento para describir esta obra. Solo mencionaré que la danza de colores ondulantes de la mitad izquierda del cuadro, lleno de curvas y de matices en una escala de grises combinados con blancos, se quiebra en una intensa línea roja a modo de frontera de vida y muerte –línea roja también sutilmente quebrada en sí misma– para luego pasar a un negro plano que ocupa el último tercio de la derecha de este gran cuadro horizontal. Si el Réquiem es probablemente el mayor cuadro de Araceli Gilbert, y ella una de las artistas mayores, no me cuesta dar el paso a decir que el Réquiem es uno de los cuadros más importantes de la pintura ecuatoriana del siglo XX.

Hay que seguir observando la pintura de Gilbert. No se detiene en el salto histórico que marcó frente al arte de su época. Como dijo Juan Hadatty en un video del 2002 que acompaña la exposición, donde cuenta que en cada muestra “la gente cree que Araceli es joven y vive”. Cierto: aunque murió en 1993, es joven y vive en sus obras. En un artículo de 1959 ella se quejaba de que en el arte ecuatoriano todo era lloriquear y que por eso ella prefería “cantar exclusivamente a la esperanza, la calma, la dicha y el deber”. Esta última palabra –deber– puede leerse de muchas maneras, y yo no la quiero tomar por una especie de moralismo o deber ser, ni mucho menos. Tomo su palabra en el sentido de rigor artístico. Eso transmite Araceli Gilbert: un rigor sin complacencia, donde supera la concesión autobiográfica, el confesionalismo simple, la supuesta autenticidad de los buenos sentimientos, la representación ramplona, por la exigencia mayor del arte. Esa gran estatura –ella que era menuda– renueva pasado y futuro.

(O)

Hay que detenerse frente a un cuadro de Araceli Gilbert y descubrir –no reconocer– lo que cuenta la obra por sí misma, quizá porque el animal de la abstracción anda siempre a la búsqueda de su propio reino.