En mi retina queda la imagen de Nigel Farage, exjefe del UKIP, que felicita al presidente electo Trump, delante de las doradas puertas del fortín del magnate. Esas palmaditas y las sonrisas socarronas me recuerdan las declaraciones del primero, al día siguiente del brexit, admitiendo paladinamente que la campaña que encabezó para sacar al Reino Unido de la Unión Europea estuvo plagada de mentiras, para luego renunciar y dejar a su partido al pairo. Me resisto a creer que este borrachín irresponsable sea la persona que el presidente electo de Estados Unidos, en un acto de insolencia inaudito, plantee que sea el embajador de su majestad británica ante su gobierno.

He visitado Colombia y no he podido menos que, de limitada y personal manera, palpar los efectos del No del referéndum de octubre. Escuché al presidente Santos informar de los nuevos acuerdos, con cesiones importantes por parte de las FARC. Me he encontrado con un país aturdido, sin saber cómo proceder ahora y con una cierta modorra y sensación de saturación. Vi las mentiras que se usaron para lograr el No. En forma parecida a lo del Reino Unido, el gerente de la campaña por el No, Luis Carlos Vélez, en una entrevista del día siguiente, admitió que efectivamente varios de los mensajes usados en la campaña eran mentiras. Le costó una fulminante destitución y la furia de Uribe. Pero además, he visto y escuchado unas declaraciones del propio Uribe, grabadas cuando era presidente, allá por 2006, en las que admite que para lograr la paz habrá que hacer importantes concesiones, mucho más grandes que las que Santos y los negociadores aceptaron, y que él ahora critica. Se opuso tenazmente al referéndum de octubre, pero ahora con la segunda firma de los acuerdos, es su nueva exigencia. Santos recibió el Nobel con un notable discurso y Uribe desoyó al papa.

Ni qué decir de lo que pasa por acá, donde escucho con asombro la publicidad oficial que nos quiere convencer de que es el Gobierno quien ha denunciado los descomunales casos de corrupción en Petroecuador. Mentiras sobre mentiras.

Trump hace sus primeros anuncios, entre otros, que denunciará el tratado Asia-Pacífico, para una supuesta protección de los trabajos industriales en Estados Unidos. Otra falsedad; Estados Unidos es de los países desarrollados con una de las tasas de desempleo más bajas; la pérdida de puestos de trabajo no ha sido resultado de la relocalización industrial en otros países, como él sostiene, sino del impacto de las nuevas tecnologías sobre los procesos de producción, por ejemplo, el uso de la robótica y de las aplicaciones cibernéticas. Esos odiados y despreciados mexicanos y centroamericanos, que quiere expulsar, hacen tareas que ningún blanco o negro norteamericano quiere realizar y pagan impuestos, cosa que Trump no hace, y se vanagloria de ser muy listo por usar los resquicios legales para no pagar tributos. Ni qué decir de lo que pasa por acá, donde escucho con asombro la publicidad oficial que nos quiere convencer de que es el Gobierno quien ha denunciado los descomunales casos de corrupción en Petroecuador. Mentiras sobre mentiras.

Parecería anecdótico este relato, pero ilustra algo que intuyo más profundo y aparentemente generalizado. No puedo menos que preguntar: ¿cómo es que con tan notorias falsedades y enorme descaro, estos personajes logran seguidores y sitiales destacados? Realidades e idiosincrasias distintas, pero sigo encontrando denominadores comunes: apatía, abstención, voto vergonzante, la política como espectáculo, uso de las redes para amplificar falsedades y rumores, rabia, ganas de romper todo, seducción por las mentiras. ¿Qué nos está pasando? Pregunto de nuevo: ¿cómo es que se están tolerando tantas mentiras y avalando sistemáticamente a estos mentirosos?

(O)