¡Por qué tomas fotos, ándate de aquí! No es una pregunta. Es una orden que, sin embargo, se desvanece en el tronar de la pala mecánica que limpia los escombros y piedras de los alrededores del Ágora de la Casa de la Cultura y del parque El Arbolito, que están uno al lado del otro y que a lo largo de las últimas décadas se ha convertido en la sede natural, en un símbolo, de las protestas indígenas.

Son las 08:30 del décimo tercer día de protestas indígenas y, aunque la dirigencia de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) ha anunciado que seguirá el paro, es un día especial, pues en la víspera la Policía ya retomó el control de toda esa zona.

Los pocos indígenas que quedan deambulan por las avenidas Doce de Octubre, Patria, Seis de Diciembre... Están desorientados y es hora de desayunar.

Luego de doce días de una furiosa resistencia y de haber cantado victoria tras la toma de la Casa de la Cultura, hoy no saben qué va a pasar.

Publicidad

El hombre, visiblemente enojado, insiste: ¡te dije que dejes de tomar fotos! Me acerco y le digo que soy periodista. Enseguida dispara una serie de insultos y descalificaciones: prensa corrupta, prensa vendida, solo sacan lo que quieren los ricos…

Le propongo hacerle una entrevista. No quiere. Le insisto. Se niega. Pero acepta conversar sin grabación de por medio. Para ese momento, unos diez indígenas nos rodean. Llegan con palos.

Uno de ellos se apoya en el palo que lleva en la mano derecha y se desahoga. Dice que los estibadores de Guamaní, al sur de Quito, aún cuando están acostumbrados a vivir en la pobreza, “estamos en crisis”.

Leonidas Iza anuncia que abrirán vías como ‘corredores humanitarios’ para permitir que los víveres lleguen a los barrios de Quito

Tiene unos 60 años, es delgado y de estatura media. Lleva varios días con la misma camiseta envuelta en la cabeza. Cuando está cubierto hasta el rostro en las manifestaciones podría pasar por un adolescente rebelde.

Publicidad

La crisis de los estibadores la describe así: “¿cómo no quieren que salga a protestar, si no alcanza ni para la comida? Vea, nosotros los pobres no ganamos ni el (sueldo) básico. De arriendo nomás ya son $ 120, en la comida del día (desayuno y almuerzo, sin la merienda, que eso ya es en casa) son unos $ 8 todos los días… ¿Y los buses?, ¿y la educación de los hijos?

El hombre enojado que prohibió tomar fotos sigue enojado, pero no dice nada.

Un joven de no más de 20 años que sigue la conversación se mete. “¿Usted cree que al gobierno le importa que no haya dónde estudiar?”. Cuenta que no logra entrar a la universidad, pero que ha leído mucho. Por ejemplo, sabe que en Ecuador hay grupos económicos en la Costa y en la Sierra, que Guillermo Lasso es un banquero (Banco Guayaquil) y que se peleó con Fidel Egas, dueño del Banco Pichincha.

Por eso, dice, “la lucha no termina. Ellos solo ven sus intereses”. Está dispuesto a quedarse hasta el final. “Ahorita estamos poquitos, solo porque se fueron a hacer los relevos. Ya más tarde vienen por montones y veremos lo que pasa en la Asamblea”.

Publicidad

¿Y qué dicen los dirigentes? El hombre enojado sigue serio, con los brazos cruzados. Vuelve a decir que “la prensa solo saca lo que les conviene a los dueños”.

Una joven de colegio lleva una bandera del Ecuador, cuenta, “para llevarla en alto en la victoria y para caerles a palazos “a los chapas” (policías) en la batalla”.

Ella dice, no obstante, que está cansada. Que los dirigentes se han dividido. No saben quién es quién ni a quién obedecer.

Le digo que Leonidas Iza es el presidente de la Conaie y que ha dicho que el paro sigue. El hombre enojado interviene. “Solo quieren hacernos pelear y dividirnos, para obedecer a Lasso”, afirma.

Publicidad

El estibador de Guamaní replica. “Yo no sé ahorita qué mismo tenemos que hacer. Solo que ya queremos trabajar. A ver, señor, cómo cree que puedo seguir si toca pagar el arriendo, el desayuno en el mercado vale $ 2,5…”.

El hombre enojado vuelve a intervenir. “¿Y usted cuánto gana?, más de $1.000 ha de ganar; no es como nosotros que somos pobres. Yo mismo, vea, ganaba hasta marzo, como profesor de escuela, ni $ 600. Eso no alcanza para nada…”.

Cuando este profesor, que se había presentado tan intransigente, empezaba a confesar sus penas económicas, un piquete de policías a caballo llega al trote por el lado de El Arbolito y nos obliga salir corriendo. No hubo balas ni gases ni empujones, solo susto. Nervios en la suela de los zapatos, la lógica de toda manifestación.

En el ágora de la Casa de la Cultura

Adentro del ágora hay misterio. Ayer por la noche, la Policía había desalojado el lugar, pero en la madrugada algunos indígenas desde la Universidad Central hicieron caravana de vuelta.

A las 09:00, unos 40 campesinos volvieron a ocupar los graderíos, donde 24 horas antes había cerca de 5.000. Sin violencia ni gritos de guerra. En silencio, en la parte del escenario preparaban comida; por las gradas un joven repartía un pan a cada “compañero”, un término que en los días finales de la protesta muchos terminaron relativizando.

Acostado en una de las filas, descansan Stalin y Sandra. Son pareja desde hace once años y están convencidos de que solo la lucha revolucionaria podrá frenar al capitalismo.

Él, de 27 años, estudia Ingeniería Electromecánica. “Me encanta aprender cómo funcionan las máquinas, porque así son las personas dentro de este sistema”. Ella prefiere no decir nada; está agotada, solo quiere dormir. Cuando le pregunto qué estudia, entra en dudas: “no me recuerdo”.

Primer acercamiento entre el Gobierno y la dirigencia de la Conaie para integrar una mesa de diálogo sobre sus demandas

En las afueras del Ágora, unos cien manifestantes siguen caminando de un lado a otro. Unas camionetas viejas, con pancartas de cartulina que dicen “ayuda humanitaria”, llegan de vez en cuando a dejar comida.

Pero los indígenas que están en el epicentro de la lucha, en plena Casa de la Cultura, no quieren más comida. Quieren instrucciones, están confundidos. Al mediodía del sábado, en el sitio emblemático de la protesta indígena, quieren saber “si le pasó algo al compañero Leonidas”.

Los sitios de concentración

Otro foco de incertidumbre ayer fue la Universidad Central, hasta donde llegó por la mañana Leonidas Iza para dar instrucciones logísticas e insistir ante los micrófonos que el paro continúa.

Las redes sociales de la Conaie activaron su repertorio panfletario: “En estos momentos marcha de las mujeres rechazando la violencia criminal del Estado #ParenLaMasacre”, “El paro nacional sigue, nacional, territorial e indefinido”. “¡El Paro en #Ecuador sigue! nacional, territorial, indefinido. La agenda de 10 puntos se mantiene hasta conseguir resultados”.

Mientras tanto, en la Casa de la Cultura, en la Universidad Central y en la Universidad Salesiana, los tres puntos clave de la concentración indígena, solo hay muchas dudas. Y cansancio.

QUITO (25-06-2022).- Manifestantes que participan en el Paro nacional, organizado por la Conaie, hacen fila para comer, frente a la Universidad Salesiana, en el norte de Quto. Alfredo Cárdenas/ EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas

A raíz de que se hicieron públicas las diferencias en la cúpula de la Conaie, los “infiltrados”, encargados de sembrar violencia y caos, tomaron mayor distancia. Casi no aparecen. Apenas se los puede identificar a lo lejos.

Ya por la tarde, un grupo de indígenas de base marchó desde la Central hasta el ágora, con el fin de retomar la concentración, mas no el levantamiento. Otro frente se activó al pie de la Contraloría, en el parque El Arbolito, a propósito de la sesión de la Asamblea Nacional prevista para las 18:00. Iza, mientras tanto, mantuvo conversaciones con la Asamblea y el gobierno.

La Policía, sin embargo, controló ambos sitios, aunque los indígenas aseguran que, aun quedando pocos, el paro continúa. Sostienen que el camino recorrido, de la protesta a la movilización y luego al levantamiento, tiene que dar resultados. (I)