La población de cocodrilos de la Costa, o Crocodylus acutus, está considerada vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Su población en Ecuador fue diezmada por la cacería a mediados del siglo pasado, pues su piel era considerada valiosa.

Ahora, las mayores amenazas que enfrentan son la degradación de su hábitat y la contaminación. Los manglares del Golfo de Guayaquil, por ejemplo, son cada vez más desplazados para la construcción de camaroneras, y la población del río Puyango, en Loja, ve sus procesos reproductivos alterados por la contaminación de metales pesados en el agua, desechos de la industria minera.

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En el Parque Histórico de Samborondón, sin embargo, viven dos ejemplares desde 2001, un macho y una hembra. Llegaron desde la hacienda Jambelí como parte de una campaña de conservación y educación ambiental, explica la veterinaria del parque, Grecia Robles.

“No les hemos puesto nombres, pero deberíamos (...). Ellos han tenido reproducciones efectivas, y sus crías han sido liberadas”, indica Robles.

Cuando llegaron ya eran adultos, Grecia calcula que debieron haber tenido entre 30 y 35 años.

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La hembra mide alrededor de 3 metros y medio, y el macho alcanza los 4 metros. Son de un tono verde “más opaco, más claro, no tan profundo”.

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Su dieta consiste de una variedad de aves y pescados una vez por semana. Cuánto comen depende de su apetito, que varía.

El espacio en el que viven dentro del parque, según Robles, es “idóneo”, pues tiene inundación natural: el agua que ingresa proviene del río Daule, que tiene un nivel de salinidad apropiado para ellos, y viven prácticamente en su hábitat natural, en el manglar.

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“El ambiente tiene unos 10 metros de ancho por unos 7 metros de largo. Atrás tenemos jaulas para cuando necesitamos hacer un manejo clínico”, dice la veterinaria.

Usan cuerdas cuando necesitan hacer una captura, ya sea para medirlos, realizarles chequeos médicos periódicos, o tomar muestras genéticas. Procuran retenerlos por el menor tiempo posible.

Robles resalta la importancia de estos animales para sus ecosistemas, y que las personas que se los topen no deberían intentar atacarlos o acercarse, sino llamar al 911 para reportar un avistamiento, en caso de estar en una zona urbana.

La contaminación de sus hábitats es una amenaza para la especie

Darwin Núñez, herpetólogo, concuerdo con Robles en la importancia ecológica de esta especie. Él ha trabajado monitoreando a las poblaciones de Crocodylus acutus en los ríos Puyango y el arroyo Cazaderos.

El río Puyango, expresa Núñez, “es uno de los ríos más contaminados con metales pesados del Ecuador”, y realizaron análisis de la sangre de los cocodrilos del área para determinar cómo les ha afecta esta polución, proveniente de actividades mineras que operan río arriba.

“Lo que nos pudimos dar cuenta es que las madres ya no están poniendo los huevos en las playas de este río, porque están llenas de sedimentos muy contaminantes”, indica Núñez.

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Así, las hembras escogen otros sitios, tanto en Perú como en Ecuador, para poner sus huevos. Esto indica que la contaminación ya está interfiriendo con los procesos reproductivos de la especie, que posiblemente podría llevar a que dejen de reproducirse.

En esa quebrada hay muy poca agua, y son los cocodrilos los que cavan canales con sus patas para alimentar de agua al arroyo.

“En el río Puyango, como es un río que viene de mucho más arriba, efectivamente ya no habría control de la población de peces, ya que ellos (cocodrilos) son sus depredadores”, señala el herpetólogo.

Aunque la cacería ha disminuido respecto al siglo pasado debido a varias regulaciones, el experto recalca que esta práctica sigue siendo una amenaza para Crocodylus acutus.

A diferencia de los cocodrilos del Golfo de Guayaquil, que tienen más probabilidades de entrar en conflictos con humanos en las urbanizaciones de la vía a la Costa o en camaroneras, por ejemplo, los que habitan en Loja no se topan tanto con humanos, pero la cacería sigue vigente.

“Eran preciados por su piel, pero también por su carne, hasta la fecha es alimento de ciertas familias, por eso (los cazadores) no le paran bola a las crías, matan a los machos grandes. Recuerdo que en Cazaderos habíamos registrado un macho grande que fue eliminado: se lo comieron”.

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Las poblaciones del sur que han monitoreado están aisladas geográficamente de los cocodrilos del Golfo de Guayaquil, por lo cual Núñez ha hipotetizado que podría tratarse de una especie distinta.

Núñez señala que este año podrá definir si se trata de un animal diferente o no, pues están esperando más resultados de estudios genéticos, a pesar de que los reptiles de Puyango y Cazaderos son prácticamente idénticos físicamente a las poblaciones que viven más al norte del país.

Además, como parte de sus estudios, pusieron rastreadores satelitales a dos ejemplares para determinar por dónde se mueven, en uno de los primeros proyectos de telemetría en reptiles en el país. “Estamos terminando una nota científica sobre telemetría que en los próximos días saldrá”, agrega. (I)