Y finalmente pasó. Lo había estado esperando. Rocío Cevallos llega a un salón blanco y allí estaba él, Mathew, su hijo, todo vestido de blanco, guapo, con 9 años. A su lado había otras personas, entre ellas Nayia, su hija de 10 años.

Mathew la abraza y le susurra al oído: “Mamá, no te preocupes, que todo te va a salir bien”.

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Rocío le dice: “No quiero que me sueltes, quiero que me sigas abrazando, solo abrázame”.

“Mamá, tengo que decirte que todo te va a salir bien, que no te preocupes”, le contesta Mathew. Luego se aleja y agrega: “Tú sabes muy bien, mamá. ¿Te acuerdas cuando yo tenía que hacer mis deberes, cuando tenía que hacer mis trabajos y tú siempre estabas ahí apoyándome? Así yo voy a estar ese día. Tú no te preocupes de nada y todos vamos a estar ahí contigo, todos”.

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La conversación termina. Rocío abre los ojos y se encuentra dormida en la cama. Cae en cuenta de que fue un sueño. El más lindo que ha tenido en su vida.

Empieza a llorar y siente, a la vez, mucha felicidad porque Mathew y Nayia, sus hijos de 13 y 10 años, fallecidos en el terremoto del 2016, aunque sea en sueños, llegaron a visitarla, a darle un mensaje.

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Fue en 2024. Rocío tenía por esos días un tumor en el cuello y debía operarse. Ese día, al despertar del sueño, se fue a trabajar. En medio camino recibe la llamada del doctor: “Rocío, tienes cirugía el domingo 8 de abril en la mañana”.

Allí entendió todo. Mathew llegó a decirle que todo iba a salir bien y ella le creyó. Fue a la cirugía tranquila, serena, como si estuviera de vacaciones, dice. Y, efectivamente, todo salió bien.

“Fue maravilloso ese sueño, fue maravilloso”, expresa.

La vida después del 16 de abril

Rocío Cevallos vive en Manta, centro de Manabí. Es empleada privada, esposa y hace diez años perdió a sus dos únicos hijos en el terremoto del 16 de abril de 2016. El epicentro fue en Pedernales, pero afectó a Manabí y Esmeraldas.

Un año después se sometió a un tratamiento de fertilidad para tener un bebé. Fue un proceso largo y difícil, comenta. Quedó embarazada no de uno, sino de dos: mellizos, niño y niña.

Y hay más. Debían nacer en mayo de 2018, pero se adelantaron y nacieron en abril, el mismo mes en que murieron sus dos primeros hijos.

“Como mi proceso fue algo in vitro, se sabía que yo tenía que dar a luz a finales de mayo, mas, no en abril. Gracias a Dios, a pesar de que no les tocaba todavía, no necesitaron termocuna, automáticamente fueron a mis brazos. Yo le decía a Dios: ‘Tú eres el que todo lo sabe, por favor, yo no quiero que nazcan en abril’, pero yo decía, dentro de mí, yo sé que van a nacer en abril. Algo me decía que iban a nacer en abril, pero nunca me imaginé que iba a ser así, un 28 de abril, imagínense”, expresa.

Un hogar reconstruido desde cero

Rocío está sentada en una pequeña silla en el patio de su casa, en el barrio San Pedro. Es un lugar amplio, donde un Golden Retriever de 10 años mueve la cola lentamente y le da cariño a cuanto visitante llegue por allí.

Tiene 46 años. Es una madre abnegada, agradecida con Dios, porque Misael y Nayarita, sus mellizos, se han convertido en su razón de ser y existir, su motor de cada día.

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—¿Cómo han sido para usted estos diez años?

“¿Qué les puedo decir?”, expresa. “Para mí estos diez años han sido una lucha constante con la realidad y lo vivido. La realidad es que mis hijos ya no están y lo vivido es que tengo a mis mellizos, por lo que tengo que seguir adelante”, añade.

Rocío es una mujer fuerte. Trata de llevar una conversación fluida, un testimonio duro sin caer en el llanto, pero es difícil. Los recuerdos duelen y, en medio del relato, llega un instante en que su voz empieza a quebrarse.

“Fue algo muy duro para mí, porque, a pesar de que ya cumplen ellos diez años que partieron, parece que nunca se han ido de mí, porque es básicamente cerrar los ojos y verlos a ellos. Pero la realidad, al abrir los ojos, es que ya no están y me toca no más vivir de sus recuerdos”, expresa, ya con vestigios de lágrimas detrás de los lentes.

Luego continúa: “Cada 16 de abril para mí es nostálgico. Ya el simple hecho de que llegue el mes de abril para mí es un mes muy duro, de muchas emociones, porque eso nunca se va a ir y está ahí. Esta es mi realidad. Este dolor nunca se me va. Hablar de ellos y recordarlos es doloroso, se me cierra la voz y eso toda la vida me va a pasar”.

El día que todo se derrumbó

Aquel 16 de abril, sus dos hijos estaban solos en un apartamento en el tercer piso de un edificio, ubicado en el centro de Manta. Rocío estaba trabajando y su esposo había salido al taller con el vehículo.

“Antes de salir, como a las seis de la tarde, mi esposo les preguntó si querían ir con él y ellos le dijeron que no, que lo esperaban en casa nomás. Él no quería salir, él decía: ‘voy, no voy, voy, no voy’, estaba en duda. Si él se hubiera quedado también habría fallecido”, expresa.

A las 18:45 ocurre el terremoto. El edificio de cinco pisos quedó como un manojo de naipes. En ese lugar murieron siete personas.

Rocío llegó y vio el edificio caído, la destrucción del sismo, y ella solo quería que sacaran a sus hijos. Los rescatistas le decían que no podían meter maquinaria porque había gente viva y debían esperar.

Ya el lunes, cuando se comprobó que todos habían muerto, ella acudió a una reunión del COE y pidió que le mandaran una máquina para sacar los cadáveres de sus hijos.

“Recuerdo que el alcalde (Jorge Zambrano) estaba en una reunión y yo le digo allí, en frente de todos: ‘Yo soy madre y usted es padre. Mis hijos están enterrados allá. Yo necesito que me manden en este momento una maquinaria, porque yo no voy a permitir que mis hijos queden enterrados ahí. Así que yo, en este momento, si usted no me manda una maquinaria, yo aquí no me voy a mover’. A las pocas horas ya estaban trabajando en el lugar”, señala.

Los cuerpos fueron retirados la noche del lunes 18 de abril. Rocío y su esposo pasaron los peores momentos de su vida.

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Volver a creer, volver a empezar

“Nunca me esperé eso, porque yo ya tenía una vida hecha y esa vida se me esfumó, se me hizo nada en cuestión de segundos. Pero, dentro de todo, siempre me he sentido escogida por Dios. Creo fielmente en él. A pesar de todo lo que me haya pasado, siempre creo en él, porque nunca me ha soltado de su mano. Nunca renegué de Dios. Lo que hice fue aferrarme a él. Será por eso que ese fue su premio y, a pesar de que mis bebés tienen una condición, son dos ángeles maravillosos”, indica.

Nayarita tiene síndrome de Down y Misael fue diagnosticado con autismo. Rocío cuenta que lo de ellos es un amor diferente, puro, algo auténtico, hermoso.

“Yo siempre he creído en un hogar con hijos. Y siempre tuve la ilusión de tener una familia. Y al tener a mis hijos, ellos eran todo para mí. Y al yo perderlos, me quedé sola. Me quedé con las manos vacías. Solamente con mi uniforme, porque perdí todo. Perdí familia, perdí mi casa, perdí todo. Y me tocó volver a comenzar de cero. Y yo lo quise intentar, aunque en el proceso no lo lograra. Y gracias a Dios, él ha estado siempre conmigo y me ayudó”, añade.

Dos mundos, un mismo amor

Rocío dice que a veces ve algo de sus hijos fallecidos en los mellizos. Ellos tienen mucho de sus hermanos. La niña, por su condición, es muy distinta físicamente, porque es “chinita”. Pero el niño se parece mucho a la hermana: físicamente es igual. Además, es cariñoso como Mathew, come muy bien como él y es muy apegado como Nayia.

“El niño enfrasca como que fueran los dos en uno, porque mi niña es un mundo aparte. Ella es un mundo maravilloso, es una ternura. En cambio, él viene de otra manera, no sé. Son dos mundos distintos que yo los estoy aprendiendo a conocer y que son maravillosos. Ellos son tan lindos. Mi niña es muy apegada a su papá, duerme con su papá, ella no habla todavía. En cambio, mi hijo es todo conmigo, para dormir, todo su mamá, como mi Mathew, así era él”, expresa.

Rocío calla y el silencio en el patio de su casa se llena con el jadeo del Golden Retriever.

Ella sabe que abril siempre será un mes de doble filo: el mes donde la tierra se abrió para quitarle la vida y el mes donde el destino se la devolvió por duplicado.

Es una azar divino que Rocío Cevallos no cuestiona; simplemente lo vive. A sus 46 años ha entendido que la maternidad, para ella, es un puente que no se rompe: un hilo invisible que une a los hijos que se quedaron en el sueño con los que abraza y la llena de amor. (I)