Carlos Giler está de pie en el parque Central de Pedernales. Mira a su alrededor y señala con un dedo.
“Vea bien todo esto. ¿Qué nota, aparte de que todas las casas son nuevas?”, pregunta y se queda mirando fijamente.
“Mire bien a su alrededor”, insiste, espera unos segundos y luego suelta una carcajada. “¿No se da cuenta? No hay edificios grandes. Después del terremoto, a la gente le da miedo construir muchos pisos”, agrega.
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Y es verdad. El edificio más alto que se ve en Pedernales es un hotel de cuatro pisos, ubicado en el centro de la ciudad. También hay en el malecón hoteles de dos y tres pisos, pero pocos. El resto son casas de uno o dos plantas, algunas incluso a medio construir.
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El desorden que llegó después
Falta una hora para el mediodía, el centro de Pedernales rebosa de mototaxis, carros, comercios, negocios, vida y gente. Hay un concierto de pitos, el motor de las motos ronca dejando una estela de humo. El sol ataca, es inclemente. El sudor moja el aire, la ropa, las axilas, las frentes. La calle principal se asfixia por momentos cuando estacionan carros en ambos lados.
“Carajo que la gente no entiende”, grita Carlos, 69 años, flaco, alto. Él es el encargado de que frente al parque nadie se estacione mal. Trabaja cuidando carros y ayudando a parquear.
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Dice que cada día hay menos orden. “Ya la gente no quiere hacer caso. Mire el parque, antes era un lugar de familia, ahora está lleno de borrachos”, expresa.
A sus espaldas, como para darle la razón, una botella de aguardiente va de mano en mano en un grupo de cuatro personas que miran con los ojos gachos y el rostro desencajado.
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“Buenas tardes, compadre”, grita uno de ellos y muestra una sonrisa a la que le faltan dientes.
Los muertos que no se contaron
Carlos dice que Pedernales no era así. Que desde el terremoto de 2016 se perdieron muchas cosas y cambiaron otras.
“Aquí hubo muchos muertos, más de los que dijo el Gobierno”, expresa con seriedad. “Mire, patrón, lo que le voy a decir”, agrega mientras deja la vereda y camina al borde de la calle.
“Allí, en esa casa verde que era hostal, murieron siete. En esta casa que está aquí hubo nueve muertos. Después todo esto se fue abajo, todo. No le digo que todo esto que está aquí es nuevo”, repite.
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El 16 de abril de 2016, Pedernales fue el epicentro del terremoto de 7,8 grados que afectó a Manabí y Esmeraldas. Este jueves se cumplen diez años de aquel momento.
Hoy, la ciudad se muestra cambiada, un tanto disminuida, aún con huellas del sismo.
Hay casas a medio construir. Edificios de dos o tres plantas a los que les dejaron columnas para continuar después la obra. Hay, todavía, pequeñas viviendas con paredes de plástico o lata que, desde 2016, no han sido terminadas.
Pedernales aún tiene rezagos del terremoto.
Las cifras oficiales aseguran que fueron 183 fallecidos en Pedernales, de un total de 663 en el país. Es decir, el epicentro tuvo menos muertos que Manta, donde se contaron 219. Carlos no cree en esa versión.
“Nada quedó en pie”
Néstor Ibarra cuenta que el terremoto fue lo peor que ha visto.
“A mí me agarró en una finca. Cuando vine, ya mis hijos habían sacado a mi mujer de la casa caída y la pusieron en el parque. Luego la llevaron allá adentro, donde yo vivía. La casita que teníamos se dañó y nadie la arregló. Nos ofrecieron la casita del Miduvi, pero no llegó”, indica.
Pedernales, como cabecera cantonal, fue afectada casi en un 90 %, según un informe presentado el 13 de abril de 2017 por el INEC.
La institución realizó un censo tras el sismo y encontró 4.513 hogares damnificados, es decir, el 90,1 % de los hogares investigados.
En otras palabras, 9 de cada 10 hogares sufrieron daños o destrucción total.
Néstor lo resume a su manera: “Nada quedó en pie. Esta casa estaba caída, allá mi hermano quedó atrapado. Allí se murió un hombre de la Sierra con la mujer y la nuera”, explica mientras señala varias viviendas.
“Era un desastre. Vea, aquí llegó un momento en que, con todo y escombros, llevaban a los muertos y los tiraban en un terreno de un primo mío. Eso apestaba”, dice.
Luego repite una idea que circula en la ciudad: “Aquí solo contaron los muertos que llevaron al estadio, pero la gente sacaba sus muertos de los escombros y se los llevaba, porque algunos eran de los pueblos del campo de aquí mismo. Esos nadie los contó”.
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El malecón: turismo y cicatrices
Cinco manzanas más abajo del parque está el malecón de Pedernales.
Es una sola calle llena de restaurantes, con una playa extensa al frente, casas de dos pisos y hoteles pequeños. Solo dos resaltan por tener tres plantas y una terraza.
Son las tres de la tarde. Es la hora de los turistas. La mayoría llega desde la Sierra. Hay decenas de carros parqueados y gente de piel clara asoleándose, muchos cubiertos con bloqueador, pero con las mejillas, la espalda y los brazos enrojecidos.
Gloria Chávez los observa y les ofrece mango curtido. Es robusta, atenta, y asegura que desde el terremoto llegan menos turistas.
“No hay sitios como antes para hospedarse. Todos los grandes hoteles se cayeron, los de cinco y hasta siete pisos. Había hoteles lindos, con casinos y plazas para bailar. Todo eso se perdió”, dice.
Confirma lo que otros repiten: no hay edificios grandes en Pedernales. La gente tiene miedo de construir.
En el malecón eso se nota más. Donde debería haber hoteles altos, hay estructuras de dos plantas y, sobre todo, restaurantes de una sola.
“Oiga, no me crea, pero la gente tiene miedo. Ahora construyen más hoteles para Cojimíes porque dicen que allá no pasó nada en el terremoto”, asegura Gloria, como si revelara un secreto.
“En cambio aquí no quieren hacer nada, porque vea, aquí donde estamos parados pasó ese bicho, ese terremoto. Vino desde allá, como quien va a Esmeraldas, y siguió hasta allá, como si fuera a Bahía”, explica mientras señala de norte a sur.
Antes del terremoto, en el centro y malecón había 32 hoteles de dos hasta seis pisos. De ellos, solo cuatro quedaron en pie, según datos del Municipio.
Los edificios que no volvieron
La familia de Brayan Molina tenía uno: el hotel Pedernales. Cuatro pisos que quedaron reducidos a escombros.
Brayan cuenta que su familia no lo reconstruyó. Muchos otros tampoco lo hicieron.
“La ciudad tenía más edificios. La gente teme construir más de tres pisos. Hacen dos y no más. Hay mucha gente que está traumada aún. Por ejemplo, mi mamá, cuando sube a un edificio de dos, tres, cuatro pisos, le da miedo. Yo me imagino que hay muchas personas así”, expresa.
Cae la tarde en Pedernales. Apenas hay viento. La temperatura bordea los 32 grados. El sol azota.
El malecón es largo, como en las ciudades costeras. Es lugar es también una mezcla de tiempos.
Al frente están las construcciones levantadas después del terremoto: bajas, prudentes. Atrás, en columnas, quedan dos hoteles destruidos en 2016. Pedernales parece ahora una ciudad a medio terminar o, quizás, una ciudad que aprendió a no ser tan alta, por temor. (I)








