Lo de José Ramón Sornoza es pura nostalgia. Todos los días, de lunes a viernes, a las ocho de la mañana, levanta la puerta metálica de su bazar en Tarqui, Manta, pero no hay clientes, tampoco ventas. Solo está él y sus recuerdos de lo que alguna vez fue la mayor zona comercial de Manta.
José abre el negocio, se sienta detrás de una vitrina y mira hacia la calle, mientras pasan, contadas por él mismo, unas diez a quince personas al día.
Y eso lo entristece.
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Porque antes, la avenida 108, donde está su bazar, alguna vez fue un corredor comercial atiborrado de carretas con mercadería, parasoles y lonas que protegían del sol, negocios grandes y, sobre todo, ruido, mucho ruido, que solo bajaba el ritmo —no terminaba— a las 10 de la noche, para iniciar de nuevo en la madrugada.
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Hoy, esa calle parece suspendida en el tiempo, congelada en una fecha que Tarqui parece no haber superado: el 16 de abril de 2016.
Ese día ocurrió un terremoto de 7,8 grados que tuvo como epicentro Pedernales, en el norte de Manabí. Sin embargo, la destrucción se extendió a otras ciudades de la provincia. Manta fue una de las más afectadas. Este jueves se cumplen diez años de la tragedia.
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José llevaba entonces más de 30 años en el mismo local. Lo compró cuando Tarqui era el motor económico de la ciudad. Luego ocurrió el sismo, la gente huyó, cerró sus locales, pero él no. Él sigue allí. No por ganar dinero, comenta, es más por costumbre.
“Es la nostalgia de uno estar aquí, mirar a la gente que pasa. Es una nostalgia grande, a veces se vende, a veces no, pero aquí estamos”, señala.
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Un centro comercial que dejó de latir
Antes del terremoto, Tarqui no dormía. El comercio ocupaba cada espacio, cada vereda, cada portal de al menos nueve avenidas y once calles. Se vendía de todo: ropa, electrodomésticos, comida, artículos usados, repuestos, lo que la mente pudiera imaginar.
Todas las mañanas llegaban camionetas llenas de personas de otros cantones, como Portoviejo y Jipijapa, que iban a probar suerte como comerciantes. Los edificios servían en la planta baja como locales y almacenes, mientras que en los pisos altos eran habitaciones de alquiler para los mismos vendedores.
Pero el terremoto cambió esa dinámica en minutos. Ese sábado, a las 18:45, al menos 23 manzanas quedaron destruidas y solo en ese lugar murieron al menos 35 personas de las 219 que fallecieron en Manta durante la tragedia. La mayoría estaba en un centro comercial llamado Felipe Navarrete. En Tarqui, 19 hoteles quedaron en escombros.
Diez años después, solo seis manzanas muestran actividad comercial. El resto permanece vacía y, en algunas zonas, aún están las huellas del terremoto: edificios destruidos, corroídos por el tiempo, sin ventanas, sin puertas.
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Las casas se desmontan poco a poco. Algunas sirven como refugio para mendigos. Otras se convierten en puntos de riesgo.
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Volver a un lugar que ya no existe
Una cuadra más adelante, en la misma avenida donde José tiene su negocio, Leonel Moreira, de 62 años, ha improvisado una pequeña tienda.
Son dos mesas, dos gavetas y una estantería donde muestra atún, arroz, aceite, huevos: lo básico.
Tampoco vende mucho, dice. Por allí llegan sus amigos y familiares, y él los atiende con muchas ganas. Porque lo suyo es estar allí, en el mismo lugar donde trabajó y vivió por más de 20 años.
Leonel recuerda el día en que todo cambió. En ese entonces tenía un negocio de ropa interior; lo cerró minutos antes del terremoto. Había llegado a la esquina cuando el suelo empezó a moverse.
“El edificio de la esquina se vino abajo. Yo me agarré de una columna”, cuenta. “Después todo era postes caídos y casas destruidas. Daba pena, mucha pena. Era una desesperación. Nunca habíamos sentido esas muertes, la gente desesperada”, recuerda.
Esa noche salió de Tarqui con su familia. Al día siguiente regresó y encontró a gente saqueando los negocios.
“Había personas llevándose la mercadería. Se metían a los locales en ruinas, a las casas caídas, y salían con sacos”, expresa.
Han pasado diez años desde ese día. Leonel no ve cambios significativos en Tarqui, no cree que se haya mejorado.
“Ya son diez años y esto no se recupera”, repite.
La economía que nunca regresó
El colapso no solo fue físico. También financiero.
La mayoría de comerciantes trabajaba con crédito y cerró sus negocios. Muchos se reagruparon y formaron, en otro sector de Manta, una zona comercial llamada Nuevo Tarqui.
Algunos no lograron reabrir sus comercios.
Galo Dávila, comerciante, regresó a los tres meses del terremoto. Invirtió en reconstruir su negocio y motivó a otros a hacer lo mismo.
“Era ilógico que no se reactivara”, sostiene.
Galo describe a Tarqui como el “pulmón económico” de la provincia. Un lugar donde cualquier persona podía emprender.
“Aquí usted traía una funda con piedras pintadas y se paraba en una esquina y las vendía”, señala.
Hoy reconoce que hay avances puntuales, pero aún insuficientes.
“Hay un pequeño sector que funciona como ancla comercial. Pero el resto sigue abandonado”, agrega.
Dice que hay calles sin regeneración, veredas deterioradas y ausencia de inversión pública.
“El potencial está, sigue aquí. Se podrían generar miles de empleos”, expresa.
Memoria de un auge que ya no vuelve
Ramón Cevallos, de 78 años, recuerda que vivió toda la transformación de Tarqui.
Lo vio surgir con la llegada del tren cuando, poco a poco, la gente que se bajaba —los comerciantes— se iba quedando en los alrededores hasta formar un mercado.
Para los años 60, el sector ya concentraba miles de habitantes. Una década después, el crecimiento se aceleró.
“El comercio era permanente”, recuerda. “Los 360 días del año se trabajaba. Había gente por todos lados; en Navidad no se podía ni caminar. Antes, los hoteles, las calles llenas de vendedores, jóvenes, familias, turistas. Todo eso desapareció en cuestión de minutos con el terremoto”, indica.
A veces, Ramón camina rumbo a su casa por las calles de Tarqui. Observa cómo está, recuerda lo que un día fue y le parece irreal que ya no exista.
Le vienen imágenes a la mente: la bulla de los comerciantes, la comida del mercado, las calles abarrotadas de gente. Pero luego también se mezclan las imágenes del terremoto: edificios caídos, personas llorando, calles bloqueadas.
Y le da algo —dice él—, una pena grande lo envuelve y acelera el paso para llegar rápido a casa y bloquear los recuerdos.
Lo de Ramón también podría llamarse nostalgia. (I)










