La cárcel huele antes de verse. Huele a humedad rancia, a sudor viejo, a ropa que nunca termina de secarse. Huele a cloro y a desechos. A humo. Mucho humo. Un humo espeso que se pega en la garganta y no se va, aunque cierres los ojos. Pablo dice que ese olor es lo primero que recuerdas y lo último que se va.














