Jose Omar Palacios Campaña dejó el vientre de su madre a media mañana del domingo 3 de agosto de 1986. Su infancia fue feliz, en un entorno colmado del amor y del cuidado de sus padres. En su adolescencia, estuvo al borde de la locura. Apenas iniciada su juventud, volcó tres veces su auto y tuvo otros veinte accidentes, desencadenó adicción a los ansiolíticos, estuvo cinco meses en una clínica psiquiátrica, se fugó, pero lo capturaron en tres horas. Lo botaron de la universidad. A los 22, el testículo izquierdo se enfermó de cáncer, y —como el humo caliente busca la altura— el cáncer subió hasta el cuello. Pero, como dicen: el sol sale para todos, gracias a una terapia con setas de psilocibina venció todos sus males y encontró paz, felicidad y, ahora, es un empresario próspero que ayuda a mucha gente a descubrirse y encontrarse con la paz.

Acompáñame a transitar por los laberintos de esta historia.

Un viaje —en el imaginario humano— es algo extraordinario, divertido, beneficioso, porque mejora la salud física, impulsa la creatividad, reduce el estrés, permite guardar recuerdos (…); sin embargo —precisamente— un viaje estuvo a punto de enloquecer a Jose Omar que, a propósito, su primer nombre no se tilda, su familia y sus amigos cuando lo nombran usan la mayor fuerza de voz en la o.

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Jose Omar Palacios Campaña prepara los hongos que usa en las terapias asistidas con setas de psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

—Cuando tenía 17, 18 años, notaba que algo se estaba desconectando dentro de mí. Empecé a sentirme inadecuado, ya no podía conectar bien conmigo mismo ni con los demás. En ese estado confuso de mi vida, me fui de viaje con mis amigos a Europa por tres meses —dice, con serenidad, con calma, como sopesando en el inicio de su agitada vida.

La tarde palidece y el frío se apodera de la ciudad como presagiando lluvia, las nubes —como pompones grises— deambulan amenazantes sobre una parte de la ciudad y las montañas circundantes. Jose Omar cierra la puerta de la calle y camina al interior de su casa, baja algunas escaleras, hay varios niveles, varios ambientes. Una sala amplia y sobria con grandes ventanales deja ver el occidente de Quito. Hay muchas habitaciones que, además de camas, tienen pequeños altares. La principal está adornada con una hamaca de hilo, una escalera de caracol, sillas, muebles de sala, pinturas colgadas en las paredes y un altar grande con una pieza antropológica donada por su abuelo en el centro, tres pequeñas esculturas con forma de hongos, una colección de doce búhos, dos huayras —atado de plantas secas que se usan en rituales— plumas de guacamayo, una piedra grande, una llave y un puñal de metal, muchos elementos por doquier, pero, lo más importante: hongos, setas de psilocibina que se usan en las terapias.

Jose Omar Palacios Campaña junto al altar donde realiza parte de la terapia asistida con psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

Su barba con destellos plateados se integra a la cabeza a través de las patillas y su bigote completa un candado perfectamente delineado. El cabello de la cabeza y el vello de su barba son del mismo tamaño, cortos, y los ojos color aguamarina, como las aguas tropicales del Pacífico.

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—El Jose fue muy deseado, yo ya sabía que iba a ser un varón —cuenta su mamá, Susana Campaña, de 65 años—. Nació casi solito porque mi médico se había ido a una reunión en Ambato —dice riendo—, fui con las justas al hospital y cuando las enfermeras me estaban preparando salió su cabecita. Fue un niño muy lindo, despierto, inteligente, sanito. Pequeñito, sí, era como si fuera el más pequeñito de su clase.

¿Qué pasó en ese viaje?

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—En Ámsterdam probé —por primera vez— un poquito de marihuana. Sentí que era el infierno. Me dio psicosis, paranoia, algo se activó en mí. Esa ciudad era como el infierno, me sentía muy vulnerable, como si me estuviera volviendo loco. Antes de regresar a Quito, pasé un mes al borde de la locura.

¿Usted notó algo en su hijo que lo pudiera llevar a la locura?

—Bueno, él... —dice, mientras respira hondo, porque no puede terminar la frase. Él, hasta casi los 18 años estaba bien, dice con su voz quebrada, llorando. Después, empecé a notar signos de ansiedad, ya no quería estar con sus amigos, pasaba encerrado. El día de su graduación que, por cierto, le costó mucho, a pesar de que era escolta, lo vi con mucha ansiedad.

¿Qué pasó al regresar a Quito?

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—Llegué a casa y le dije: ma, estoy loco. Mi mamá me llevó al psiquiatra, él me medicó benzodiacepinas, una medicación ansiolítica.

—Cuando regresó del viaje, realmente, empezó un vía crucis —dice su madre—. Nuestra vida cambió totalmente. Era de psiquiatra en psiquiatra. Pasamos un periodo superdoloroso; verle acostado en su habitación, sin querer hacer nada. Empezó algunas carreras universitarias, en ninguna se hallaba.

Jose Omar Palacios Campaña descansa en una hamaca, en una habitación donde hace terapias asistidas con setas de psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

¿Funcionó la medicina?

—No. Me convertí en adicto a los ansiolíticos. Al principio tomaba unas cinco gotitas, luego, seis, siete; con el tiempo, ocho, nueve, diez, veinte, treinta. Después, tres pastillas, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, después no había nada que me calme. Tomaba medicación psiquiátrica muy fuerte, no solo benzodiacepinas de todos los tipos: estabilizadores del ánimo, antipsicóticos, ansiolíticos, antidepresivos. En algún punto, para vivir necesitaba unas diez pastillas. Si tomaba ocho me venía la ansiedad, paranoia, miedo y las ideas intrusivas. Era terrible.

Pasaron cosas muy feas, estuve en tres psiquiátricos, me hicieron terapia electroconvulsiva, electroshocks, eso se hace cuando la medicina no causa efecto. Es como darle una patada a la televisión para ver si se arregla.

La vida, a veces, guarda sorpresas y decide soltarlas, justo en los momentos más inesperados, en medio de su desesperación por su salud mental, recibió otro golpe.

—Tuve cáncer en el testículo izquierdo, a los 22 años. Se afectaron todos mis órganos hasta el cuello —dice, señalando con las manos un conducto desde los testículos hasta la garganta.

Yo estaba joven y fuerte para resistir protocolos superintensos. Luego de un año de quimioterapias estuve bien. Al mismo tiempo, tomaba ansiolíticos recetados por el psiquiatra, creo que eso bloqueó mi capacidad de sentir, porque no tenía tanto dolor, ni conciencia del problema. Mis papás estaban aterrados, pero yo estaba tranquilo, no tenía miedo de morir, tal vez, por estar adormecido con tanta medicina.

¿Lidiar con su adicción fue más fuerte que el mismo cáncer?

—Sí. Los ansiolíticos me bloqueaban totalmente los sentidos, las sensaciones, el dolor, las emociones. Tenía incapacidad para sentir lo malo, pero también lo bueno.

En cambio, en mi adicción pensaba que estaba atravesando un umbral del que no iba a volver, que estaba sin salida. Eso es, sin duda, cien mil veces peor, no tiene punto de comparación. Es vivir el infierno en la tierra.

Viajé tres veces a Argentina para más tratamientos y solo me daban más diagnósticos: trastorno obsesivo compulsivo, trastorno al límite de la personalidad, y siempre me daban más y más medicación que no me sirvió para nada.

Jose Omar Palacios Campaña prepara los hongos para las terapias asistidas con setas de psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

—Le cuento —interviene su madre—, me fui a Argentina empeñando mis joyas, buscando la sanación de mi hijo, pero no encontramos nada.

—Sentía que el alcohol potenciaba el efecto de los ansiolíticos —continúa Jose Omar—. Tomaba la medicina con cerveza, y ahí sí, pasaban cosas que no quería que pasen: volqué el carro tres veces, me choqué otras veinte, eran accidentes graves, pero físicamente no me pasó nada serio. Ya tenía 28 años y no podía estudiar, porque entraba y salía, era un caos. Estudiaba Psicología y Filosofía en la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), me botaron tres veces, por plagio, porque no hacía bien las cosas, porque no me adaptaba al sistema, porque no podía seguir las reglas. La última vez me dijeron chao, ya no puedes volver más. Entonces, me fui a una clínica de rehabilitación.

¿Cómo le fue en la clínica?

—Me trataban supermal. Cuando vi la clínica era un lugar hermoso, había cancha de tenis, caballos, piscina, dije que chévere, un lugar bonito como para rehabilitarme, solo tengo que aguantar lo que venga.

Entonces, ¿por qué dice que lo trataron mal?

—Al comienzo, conmigo tranquilo, pero vi cómo les pegaban. A la segunda semana me tenían mirando a una pared todo el día, haciendo ejercicios físicos y sin contactos, encima más, con ese miedo, paranoia, estrés del síndrome de abstinencia que había evitado toda mi vida. Temblaba todo el tiempo. Probablemente, fue lo más difícil que he vivido, estar con tanto miedo, con tanta incertidumbre, era como estar secuestrado, porque no podía avisarles a mis papás.

Durante cinco meses que pasé ahí, mis papás no se enteraron de nada, porque de la clínica les llamaban y les decían que estoy bien, que no pueden verme porque es parte del proceso. Prácticamente, era un secuestro. Mis papás no me hubieran dejado ni un día.

Hongos que Jose Omar Palacios Campaña y su familia usan durante las terapias asistidas con setas de psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

¿Cómo logró salir?

—Intenté fugarme una vez. Los techos eran de Eternit. Una noche, a las dos de la madrugada, entré, puse seguro, cogí la taza del baño, rompí el Eternit y me escapé por el techo, salté el cerramiento, me fui corriendo por el bosque, era en las afueras de Tumbaco. Vi algunas casas supergrandes, pero no quería entrar, estaba con mucho miedo, con paranoia, pensaba que va a pasar la policía, por eso me escondía, estaba en un estado de alerta como que alguien me va a coger, como si estuviera haciendo algo malo, estaba confundido. Tres horas más tarde, me encontraron.

¿Qué sintió cuando lo atraparon?

—Fue lo peor. Estaba tan cerca de salir de ese infierno. Empecé a gritar y para que no grite, me metieron una paliza, me cerró el ojo a golpes y en el suelo me pateaban las costillas. Llegué gateando a la clínica, porque no me dejaba levantar. Esa gente era super densa.

¿Cuánto cobra la clínica?

—Cobra 1.500 dólares mensuales, más para que te peguen, dice entre risas.

Entonces, ¿cómo logró salir?

—En esos días nos llevaron a un paseo a la playa y un chico se metió mar adentro, se escapó. Los guardacostas lo habían rescatado y ya no volvió. Él era abogado y había denunciado. Cinco días después de regresar a la clínica, llegaron los policías y nos sacaron a los que queríamos, porque algunos estaban muy adoctrinados.

¿Qué hizo después de salir de la clínica?

—Después de esos cinco meses tomaba menos ansiolíticos, porque no se puede dejar de una, si lo haces, te puedes morir. Regular el sistema nervioso dura años.

A los tres meses sentí un cambio, a los seis mi cerebro se iba regulando, normalizando. Un año después, haciendo procesos de introspección más profundos, retomé mis estudios, me gradué de psicólogo en la San Francisco.

Jose Omar Palacios Campaña, de 39 años, psicólogo clínico, médico andino. Maestría en Terapias de Tercera Generación y certificación en terapia asistida con psilocibina en Australia. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

¿La USFQ lo aceptó después de haberlo botado tres veces?

—Sí. Después de explicarles me dijeron: “No ha sido tanto tu culpa” —dice entre risas.

Dos años después ya no era el mismo. Se empeñó en liberarse de lo que él llamaba cargas generacionales.

¿Cómo fue el proceso de liberación?

—Entendí que llevamos muchas cargas transgeneracionales a nivel somático, lo que vivió mi abuelo, mi abuela, mi papá, mi mamá, físicamente somos el 50 por ciento nuestro papá y el 50 nuestra mamá. Entre más profundo llegamos en nuestra meditación, es como liberar patrones y en ese proceso conocí la psilocibina, las setas, los honguitos.

Las setas de psilocibina, conocidas como setas mágicas, son hongos alucinógenos que al consumirse alteran la conciencia y el estado de ánimo, produciendo efectos alucinógenos o viajes psicodélicos. Actúan en el sistema nervioso central, alterando la percepción del tiempo y el espacio, provocando visiones y emociones intensas durante unas seis horas. Los efectos, que son individuales, se parecen —en alguna medida— a los de un ritual con ayahuasca dirigido por un chamán en algunas zonas de la Amazonía.

Hongos que, Jose Omar Palacios Campaña, usa durante las terapias asistidas con setas de psilocibina. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

¿Cómo fue el acercamiento a las setas?

—Yo salía con una doctora y me decía, tú eres psicólogo, tienes que hacer esta terapia, pero yo no quería, porque fue brutal lo que viví en Ámsterdam solo con un hit de marihuana.

¿A qué se refiere cuando dice “tienes que hacer esta terapia”?

—A la terapia con psilocibina. No creía que una droga tenga un efecto terapéutico.

Finalmente, ¿aceptó?

—Sí. Acepté.

—No supe cómo se curó —dice su madre—, quizá su fuerza interna, porque él era muy fuerte, los doctores se admiraban porque se sacó sus muelitas cordales sin anestesia. Creo que esa fortaleza y esa sabiduría interna hicieron que se recupere. Nosotros nunca lo dejamos solo, nuestro amor siempre estuvo ahí.

¿Cuál fue el resultado de la terapia con psilocibina?

—Fue totalmente lo opuesto a lo que pensaba. Wow. Fue como romper cadenas muy profundas y conectar con lo espiritual. Entendí muchísimo más en una sesión con psilocibina que en años de estudios.

Concretamente, ¿qué sintió al ingerir psilocibina?

—En mi corazón sentí dolores que habían estado guardados en mis patrones transgeneracionales de mi papá, de mi mamá, dolores que nunca hubiera logrado desde la terapia convencional. Fue como una liberación enorme y una experiencia mística, una conexión con la divinidad. Según la Universidad Johns Hopkins, es una de las cinco experiencias más trascendentales que una persona puede vivir en toda su vida, comparada con el nacimiento de un hijo o con la muerte de un familiar.

Esas emociones venían con imágenes, a veces, un poco duras. Me acuerdo que veía un chancho que le había causado daño a mi papá, y sentía un dolor muy fuerte y lloraba, y lloraba, y lloraba como soltando ese dolor.

Ahí sentí el llamado de que debo compartir esta medicina, que ese era el propósito de este viaje, sentir el sufrimiento, el dolor, el miedo, la ansiedad para poder entender, acompañar y ayudar a otros.

Jose Omar Palacios Campaña con su mamá, Susana Campaña, y su papá, Pedro José Palacios. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

¿Qué pasó después?

—Tres semanas después, hice mi primera formación en terapia asistida con psilocibina, con setas medicinales, avalado por el Ministerio de Salud Pública. Fueron experiencias superdesafiantes de introspección, porque tenías que tomar la medicina varias veces, para estar seguro de poder compartirla.

Después de esta formación empezó a trabajar en el centro cuya leyenda reza: “Psinergia, psicología y salud, terapia asistida con setas de psilocibina, donde la ciencia y la espiritualidad se encuentran”.

—Yo hice Psinergia —dice su madre—. En la pandemia decidí dejar mis dos consultorios y pasar Psinergia aquí, a mi casa. Hace siete años, cuando mi hijo empezó a trabajar en la terapia asistida con psilocibina, empecé a delegarle a mis pacientes que no salían de sus ansiedades, de sus depresiones y les iba bien con él. Yo también estudié para hacer algo en conjunto. Su madre es psicóloga clínica, psicóloga del deporte y, para este fin, estudió y se graduó como médica andina.

—La gente venía cada vez más y más al centro. Hacía muchas terapias con psilocibina —continúa Jose Omar—, conocí la técnica budista Vipassana, es superintensa, como meditar once horas diarias en la misma postura, diez días sin hablar. Ahí también tuve experiencias muy hermosas, místicas, de conexión con la divinidad.

En busca de experiencias espirituales, Jose Omar se radicó seis meses en Galápagos, luego viajó por Indonesia, Bali, Nepal, los Himalayas, Laos, Egipto. Visitó a su hermana en Australia, uno de los primeros países occidentales que legalizó la terapia asistida con psilocibina, ahí hizo otra formación en Mind Medicine Australia.

¿Cómo ve a su hijo hoy, después de la complejidad que vivió?

—Hoy, él es un hombre de paz, de amor —dice contenta, al borde del llanto—. Tiene una bondad que admiramos, es un hombre realizado, es realmente increíble, sin ningún vicio, más que el deporte y la meditación, porque tiene un sentido no solo familiar, sino humano, y gracias a eso todos trabajamos con él, toda la familia somos psicólogos.

En Psinergia trabajan 18 personas, 9 son de la familia y 9 cumplen funciones administrativas.

Jose Omar Palacios Campaña junto con su mamá, Susana Campaña, y su papá, Pedro José Palacios. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas.

Ahora, ¿siente que él es feliz?

—Sí. Él es feliz.

Y usted, ¿es feliz?

—Yo, más todavía —dice, visiblemente emocionada—. El reflejo turquesa de los ojos brilla como cuando la madera fina recibe una película de barniz.

Después de todo el drama que significó mi existencia, vivo con muchísima paz y tranquilidad, me siento bendecido, tengo un equilibrio que a mucha gente le cuesta tener y siento que cada cosa que pasó fue para alcanzar el estado actual de libertad.