A los ocho años, Kim So Yeon consideró por primera vez la posibilidad de escaparse. “Pero en aquel entonces no pensaba en Corea del Sur, solo quería irme”, cuenta con calma la norcoreana de 29 años.

Kim relata que pasó hambre, que debió trabajar antes de tiempo y que no asistió a la escuela durante su adolescencia. Cuenta que además fue amenazada, que cayó en manos de traficantes de personas y que sus experiencias como refugiada persiguen sus sueños hasta el día de hoy.

Kim So Yeon no es su nombre verdadero. La joven vive en Seúl, la capital de Corea del Sur, y se está formando como “diseñadora de belleza”. Solo accede a ser fotografiada con la mascarilla que protege contra el coronavirus, por miedo a posibles represalias contra su familia por parte de los servicios estatales de Corea del Norte en caso de que se reconozca su identidad. Lleva además el cabello teñido.

La joven es una de los muchos refugiados norcoreanos que se han instalado en Corea del Sur. El Ministerio de Unificación en Seúl lleva registrados oficialmente unos 33.800 norcoreanos que llegaron a Corea del Sur desde 1998.

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A mediados de la década de 1990, los norcoreanos sufrieron una grave hambruna, que según estimaciones causó la muerte de cientos de miles de personas. Desde entonces, cada vez más norcoreanos abandonaron su país, gobernado por un régimen totalitario.

La mayoría huyó a través de la frontera con China, donde muchos vivieron en la clandestinidad por miedo a ser capturados y devueltos por la Policía china. Se desconoce el verdadero número de norcoreanos que huyeron así de su país.

“Los motivos para huir varían, dependiendo de las circunstancias individuales y del momento”, afirma Jung In Sung, director de la fundación estatal Korea Hana de Seúl.

Según una encuesta realizada a refugiados, los principales motivos entre 2011 y 2016 fueron la escasez de alimentos y las dificultades económicas. En tanto, según Jung, para el período entre 2017 y 2020 la respuesta más recurrente fue “porque no podía soportar ser vigilado y controlado por el sistema norcoreano”.

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Al igual que Kim So Yeon, la mayoría de los refugiados proceden de la región fronteriza con China. Kim creció en Hyesan, en la provincia norcoreana de Ryanggang. Hace nueve años llegó sola a Corea del Sur a través de China y del sudeste asiático. Su ruta de escape es la típica de muchos refugiados, que en su mayoría dependen de la ayuda de organizaciones surcoreanas.

Kim So Yeon (29, nombre ficticio), huyó de Corea del Norte a los 18 años a China y pasó luego a Corea del Sur. Lleva una mascarilla y oculta su verdadero nombre para no ser reconocida. Foto: Dirk Godder

El padre y el hermano menor de Kim aún viven en Corea del Norte, mientras que su madre murió en un accidente de tránsito cuando era muy joven.

“Tuve que cuidar a mi hermano”, explica uno de los motivos por el cual nunca asistió a la escuela secundaria. Incluso, de adolescente, para llegar a fin de mes comerciaba por todo el país con alimentos como los frijoles. A menudo viajaba en camiones o en tren y, al igual que otros comerciantes, para cruzar las fronteras provinciales debía sobornar a las fuerzas de seguridad con cigarrillos u otros artículos.

El relato de Kim coincide con el de muchos otros refugiados, que indican que no es fácil para los norcoreanos viajar en su propio país, ya que se requiere un certificado de viaje oficial para visitar muchas regiones, incluida la capital, Pyongyang.

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Sin embargo, desde la hambruna en Corea del Norte, se han extendido cada vez más los mercados callejeros, los llamados “jangmadang”, en los que comercian sobre todo las mujeres. El comercio también obliga a muchos a trasladarse por el país.

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“En ese momento, pensé que mi vida era demasiado dura e intenté suicidarme”, menciona Kim. Agrega que después cultivó patatas y otros cultivos en las montañas cercanas para tener algún alimento. “Especialmente en primavera y verano había rara vez suficiente comida”, destaca.

Con once años, Kim intentó cruzar el río fronterizo Yalu hacia China, al principio por curiosidad. Pero fue capturada por los guardias fronterizos y luego golpeada. Sin embargo, asegura que tuvo suerte. “Como era tan pequeña no me enviaron a un campo de trabajo”.

Hoy en día la persiguen en sus sueños las experiencias de aquella época. “A veces sueño con lo que sentía entonces. Corro rápido por una colina para que no puedan alcanzarme”, revela.

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Finalmente, una amiga mayor la convenció para escapar juntas a Corea del Sur, donde se podía tener una “buena vida”.

La propia Kim no sabía mucho sobre la vida en el país vecino. Recién al asistir a una “escuela” para refugiados aprendió más sobre la vida en el sur capitalista de la península coreana.

Antes de cruzar a nado el río Yalu hasta China, Kim le pidió a una tía que cuidara de su hermano. Tenía entonces 18 años. Su idea era ganar dinero y, en lo posible, volver luego a Corea del Norte.

“Pero mi plan no funcionó, fui secuestrada por traficantes de personas que me casaron con un chino. Hay escasez de mujeres en las zonas rurales de China y por lo tanto las mujeres de Corea del Norte son bienvenidas”, explica la joven.

Además de los matrimonios forzados, muchas mujeres norcoreanas en China son también víctimas del tráfico y la esclavitud sexual y los abusos sistemáticos, según informes de grupos de derechos humanos.

En su relato, Kim cuenta que intentó escapar de su nuevo domicilio, pero fue recapturada y encerrada. Cuando finalmente consiguió escapar, logró contactar a su amiga norcoreana, que la puso en contacto con un “intermediario”.

Kim debió pedir un préstamo para llegar a Pekín, desde donde tomó un autobús vía Laos hasta Tailandia. Pero a su llegada fue capturada por la Policía y encarcelada durante dos meses. Gracias a los contactos con las autoridades locales y a la embajada surcoreana fue liberada y logró viajar a Corea del Sur.

“Cuando llegué allí me sentí aliviada y pensé: ahora estoy bien”, recuerda.

Para la mayoría de los refugiados como Kim, el tiempo que transcurre entre la huida y su destino está cargado de incertidumbre. Pero incluso en Corea del Sur, muchos de ellos experimentan inicialmente un entorno difícil tras semanas de aclimatación y formación en un centro de acogida del gobierno.

El director de la fundación estatal Korea Hana hace hincapié en que los refugiados norcoreanos experimentan tanto la inestabilidad económica como la soledad. “Experimentaron dos sistemas completamente diferentes”, dice Jung In Sung a dpa.

De acuerdo con palabras de Jung, encontrar un trabajo adecuado es la tarea más difícil para los que huyeron de Corea del Norte.

Por ello, su fundación creada en 2010 intenta crear un entorno en el que puedan valerse por sí mismos. Además trata de ayudar en la integración social. Destaca que crear conciencia acerca de las dificultades de los refugiados es un requisito previo para que puedan establecerse.

“Vivir en Corea del Norte era físicamente duro, y aquí es especialmente difícil en términos emocionales”, sostiene Kim.

Si bien subraya que llegó a Corea del Sur con grandes expectativas, vivir sin su familia le resulta difícil. “A menudo echo de menos a mi familia y también es difícil acostumbrarse a la cultura surcoreana”, añade. Sin embargo, deja claro que no se arrepiente de haber dado este paso.