Cientos de personas infectadas por el COVID-19 y muchas otras que ya han sido vacunadas en el mundo han atravesaron la experiencia de que sus gobiernos les dieran luz verde para reanudar las actividades preprandémicas, como reunirse dentro de interiores, volver a su lugar de trabajo, etc.

Sobre todo en Estados Unidos, uno de los gobiernos que se abrió más rápidamente a la mayoria de actividades, muchas de estas personas no ganaron la libertad de otros tiempos, ya que no experimentaron la sensación de serenidad que habían imaginado, sino que adquirieron más miedo a la infección. Aún temen comer en un restaurante o encontrarse con gente fuera de su burbuja. O incluso, personas que estaban acostumbradas a los viajes laborales no pueden imaginarse subiéndose a un avión de nuevo, de acuerdo a datos de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.

“Después de un año de aislamiento, muchas personas que han desarrollado una comprensión íntima de lo que significa aislarse socialmente tienen miedo de volver a sus vidas anteriores a pesar de estar completamente vacunadas -advierte Mathew Patkinson, psiquiatra especializado en episodios traumáticos de la Universidad de Boston-. Incluso, hay un nombre para este desorden: el síndrome de la cueva“.

Foto: Pexels

Nicholas Goldberg, columnista de Los Angeles Times, escribió una columna en la que se refería al concepto. El término había sido acuñado por un psiquiatra en Florida para describir a las personas que temen reingresar a la sociedad tras una pandemia, a pesar de haber sido vacunadas, ya que se acostumbraron al aislamiento.

La columna tuvo un sinnúmero de respuestas por parte de sus lectores, en las que mujeres y hombres de todas las edades se sentían agradecidos de saber que lo que sienten tiene un nombre y no son los únicos padeciéndolo.

Un estudio reciente de la Asociación Estadounidense de Psicología informó que el 49 % de los adultos encuestados anticipó que podría sentirse incómodo al regresar a las interacciones presenciales cuando termine la pandemia. Asimismo, la investigación encontró que el 48 % de quienes recibieron la vacuna contra el COVID-19 dijo sentirse de la misma manera.

Shutterstock / eldar nurkovic

Alan Teo, profesor asociado de Psiquiatría en la Universidad de Ciencias y Salud de Oregon, atribuye el síndrome de la cueva a tres factores: hábito, percepción de riesgo y conexiones sociales. “Tuvimos que aprender el hábito de usar tapabocas, el distanciamiento físico o social, no invitar a la gente. Es muy difícil romper un hábito una vez que se lo adquiere. Existe una desconexión entre el riesgo real y lo que la gente percibe como riesgoso”. Teo agrega que hay un enfoque en “el riesgo de infección y muerte en lugar del riesgo de morir por estar solo y desconectado”.

Este padecimiento requiere un tratamiento para los niveles más extremos de ansiedad, una psicoterapia eficaz con un profesional de la salud mental que pueda ofrecer terapia cognitiva u otros tratamientos que expongan paulatinamente a una persona frente una situación estresante para que pueda resolver sus miedos.

Según Infobae, especialistas coinciden en alertar sobre estas dificultades sociales y psicológicas de volver a la normalidad, ya que extremas dudas permanecen en las mentes de las personas y en sus comportamientos, hasta que la última ola de coronavirus finalice. (I)