En las quinielas del Premio Nobel de Literatura 2025 figuró entre los favoritos el nombre de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. Sabido es que la Academia Sueca maneja sus deliberaciones con sigilo (salvo en el 2018 cuando hubo una crisis de credibilidad que llevó a la dimisión de sus miembros). De manera que cuando en las apuestas se habla de los escritores predilectos para el Nobel, no se está hablando de las deliberaciones de la Academia, sino del gusto o de la aspiración de los lectores.
Que Cristina Rivera Garza figure en la lista de favoritos, significa que es una autora a la que el público identifica, quiere, lee y considera relevante. Y, ciertamente, lo es. Historiadora de formación, catedrática y narradora, esta mexicana residente en Estados Unidos transita por diferentes géneros literarios y posee una extensa y vigorosa producción, en la que hace uso, a veces, de la intertextualidad y dialoga con diversos autores y culturas, o muestra acontecimientos que la atraviesan y convocan.
De ella, hace años leí la novela Nadie me verá llorar, que me conmovió hondamente; y hace poco me sumergí en las páginas de otro de sus libros: El invencible verano de Liliana, una obra desgarradora, dolorosa, pero necesaria como pieza literaria y como un acto de justicia para la memoria de su hermana y de todas las víctimas de feminicidio. Con este libro en el 2024 obtuvo en los Estados Unidos el Premio Pulitzer en la categoría Memoria o Autobiografía.
En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza reconstruye el asesinato de su única hermana, Liliana Rivera Garza, acaecido en 1990, a manos del exnovio. La joven se había distanciado, pero él no aceptaba la decisión. Ella tenía 20 años, vivía en Ciudad de México por razones de estudio y los fines de semana regresaba a casa de sus padres en otra ciudad.
Una mañana la encontraron muerta en su departamento. Liliana era estudiante de arquitectura, amante de los libros, la música y el cine. Una mujer llena de presente y de futuro, a la que un hombre que decía amarla le truncó la vida. Nunca pudieron atrapar al asesino.
Cristina Rivera Garza rubrica con este libro la importancia de los archivos y la memoria. Para elaborar esta obra, con la que busca justicia y que su hermana no muera doblemente por el olvido, recurre al diario, a los cuadernos, a las cartas y a las notas sueltas escritas por Liliana, que permanecieron guardados en una caja en casa de los padres y que la escritora tuvo el valor de abrir y examinar luego de tres décadas del suceso, cuando el dolor encontró quizá reposo. De igual modo, trabaja con los expedientes policiales, con las notas periodísticas que se publicaron sobre el hecho y con el testimonio de la gente que la conoció: los amigos, los compañeros de la universidad, los vecinos, los parientes, los padres, etcétera. Es también este libro un cuestionamiento al patriarcado, a los silencios, a la sociedad.
La narradora es la propia Cristina Rivera Garza, quien da cuenta de su proceso investigativo, desde cuando desde Estados Unidos vuelve a México y acompañada de una amiga va de dependencia pública en dependencia pública tratando de conseguir los expedientes del caso, hasta la inmersión en los archivos de su hermana. Estos documentos son clave, así como las entrevistas que realiza. Inserta cada una de las voces y las ubica en primera persona, como testimonios. La escritora narra desde el presente, pero el lector está de manera permanente entre presente y pasado. Entre el aquí y ahora y los recuerdos. La multiplicidad de voces contribuye a que se tejan diversas las aristas del caso. Me llamó la atención el paso por las dependencias públicas, en las que casi siempre Cristina encuentra funcionarios amables: secretarias, asistentes, gente que atiende en ventanillas.
Aunque ya se sabe de antemano de qué va este libro de no ficción, la experiencia lectora es conmovedora. La maestría está en la forma en que la escritora reconstruye los hechos. Hay en estas páginas respeto, memoria, cuestionamiento y autocuestionamiento. Hay un afán de justicia y hay, sobre todo, un profundo amor por la joven hermana asesinada. El título del libro se toma de una frase de Albert Camus, que era una de las preferidas de Liliana y que se ubica como epígrafe en el inicio: “En lo más profundo del invierno aprendí al fin que había en mí un invencible verano”. (O)