Arrodíllese en el suelo. Después, siéntese sobre sus talones e incline el cuerpo, de modo que su cabeza toque las rodillas. Estire los brazos hacia atrás.

Está en una posición fetal. Ahora relájese y olvide todas las tensiones.

Respire tranquila y profundamente.

Poco a poco irá sintiendo que es una minúscula semilla, circundada por la comodidad de la tierra. Todo es cálido y placentero a su alrededor. Duerme un sueño tranquilo.

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De repente, un dedo se mueve. El brote ya no quiere ser semilla, quiere nacer. Lentamente comienza a mover los brazos y luego su cuerpo irá irguiéndose, irguiéndose hasta estar sentado sobre sus talones. Ahora comienza a levantarse, y lentamente, lentamente, se habrá incorporado y estará arrodillado en el suelo.

Durante todo ese tiempo usted imaginó que era una semilla transformándose en brote y horadando poco a poco la tierra.

Llegó el momento de romper la tierra por completo. Va levantándose lentamente, colocando un pie en el suelo, después el otro, luchando por no perder el equilibrio como un brote lucha por encontrar su espacio, hasta que logra ponerse de pie.

Imagine el campo en torno suyo, el sol, el agua, el viento y los pájaros. Es un brote que comienza a crecer.

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Despacio levanta los brazos, con dirección al cielo. Luego, va estirándose cada vez más, cada vez más, como si quisiera agarrar el sol inmenso que brilla sobre usted y le da fuerzas y lo atrae.

Su cuerpo comienza a volverse cada vez más rígido, todos sus músculos se tensan mientras siente que crece, crece, crece y se vuelve inmenso. La tensión aumenta cada vez más hasta volverse dolorosa, insoportable.

Cuando no aguante más, grite y abra los ojos.

Repita este ejercicio siete días seguidos, siempre a la misma hora. (O)

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Tomado del libro El peregrino (1987).

@paulocoelho (Instagram y Twitter), paulocoelhoblog.com