El cine ecuatoriano, en largometrajes o documentales, ha reflejado parte de la cotidianidad y sus particularidades. Con ese rasgo se filma en estos días la cinta Crónicas.

En carpas de circos, seguramente alternando su exhibición con la mujer barbuda, algún enano, payaso, malabarista o tal vez con leones o caballos bailarines, un nuevo espectáculo intentaba llamar la atención del público.

Ahí, en medio de luces y múltiples disfraces, aparecía lo desconocido... era una sucesión de imágenes sin sonido, primero de hechos registrados fuera de Ecuador y después de acontecimientos locales. En estas, la gente podía –por primera vez– verse reflejada en una pantalla.

Se hicieron tomas de ejercicios del cuerpo de bomberos, de fiestas de pueblo, desfiles cívicos y de los viajes en ferrocarril...

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En las cintas se plasmaba a potenciales espectadores. Era la forma en que los empresarios aseguraban el negocio, lo que los publicistas llamarían hoy una estrategia de mercado. No hay rastros de las cintas de los primeros años del siglo pasado, pero los periódicos de esa época reflejan la evolución de ese arte.

La emoción de los inicios del cine (en 1895 se inventa el cinematógrafo) se sintió en Ecuador casi en las mismas condiciones (a partir de 1901, de lo que se tiene registro) que en el resto del mundo.

La época de oro del cine ecuatoriano

La llamada época de oro del cine ecuatoriano se da especialmente en la ciudad de Guayaquil, luego de una presencia bastante aceptable especialmente en la creación del género documental, con cintas en formato de noticiero que se ponían en los principales cines de la ciudad, aparecían en el celuloide imágenes de inauguración de obras en distintas partes del país, o actividades del presidente de turno, destacan las productoras Ambos Mundos y Ocaña Films.

¿Y la ficción cinematográfica? Según Wilma Granda, investigadora de la Cinemateca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la creación de largometrajes surgió en Ecuador de la mano del guayaquileño Augusto San Miguel en 1924, que ese año grabó su primera película: El tesoro de Atahualpa.

Impuso la temática rural en su trabajo y se adelantó a la literatura (que lo hace a finales de los 20) al abordar con seriedad y no como un tema folclórico la realidad indígena del país.

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Con San Miguel se dio lo que Wilma Granda denomina pequeña edad de oro del cine ecuatoriano, todavía mudo. Su producción tuvo una cifra récord: en ocho meses hizo tres películas de argumento y tres documentales.

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El melodrama de inspiración romántica también tuvo un espacio en el cine ecuatoriano con Soledad (1925), que inauguró esta temática en el país. La música popular se traslada a la pantalla con el filme Guayaquil de mis amores (1930), que promocionó el disco del dúo Ibáñez-Safadi, del mismo nombre, y reafirmó su carácter folclórico con retratos de la ciudad y de la cultura montuvia.

El género de catástrofe estuvo en el desarrollo de la cinta Incendio (1931), en la que se utilizaron pirotecnia, efectos especiales y trucaje.

Después la cámara hace un corte. Viene “una brecha” o “las décadas perdidas” del cine ecuatoriano. Así llaman los estudiosos y críticos de cine como Jorge Luis Serrano, autor del libro El nacimiento de una noción, a los años 1950 y 1960. Se hicieron mayormente coproducciones con México, Perú y otros países.

Los años 70 se caracterizaron por la creación de abundantes documentales. La Cinemateca tiene en su archivo físico 218 filmes (con registros de hasta 1996), de los cuales 73 % son documentales. De esos, el 51% corresponde a los años 70.

Analistas del tema consideran que en esos documentales, que en muchas ocasiones eran instrumentos para tratar temas de denuncia social, se dieron los pasos iniciales del cine ecuatoriano actual.

Producciones de las últimas décadas retomaron temas de contenido popular como en Nuestro Juramento (1981), que gira alrededor del mito de Julio Jaramillo y su música.

Otras, como La Tigra (1989), basada en un cuento de José de la Cuadra, dan un giro al mostrar una historia rural costeña, algo que no se había contado en imágenes.

El largometraje ecuatoriano toca la violencia urbana a finales de la década pasada con Ratas, ratones y rateros (1999), del realizador Sebastián Cordero, quien actualmente está rodando el filme Crónicas, cuyo argumento habla de un asesino de niños, que convoca interés de la prensa internacional.

Los cines de barrio

Hoy, decir “vamos al cine” implica que necesariamente debemos trasladarnos a los grandes centros comerciales de Guayaquil. El cine es una de las fuentes de entretenimiento más populares de la ciudad en estos últimos cien años y no siempre estuvo ubicado en estos grandes edificios de cemento y hormigón.

En sus inicios las grandes salas estaban situadas en el centro de la ciudad, pero también proliferaron los cines periféricos o de barrios, esos que estuvieron enclavados en las zonas residenciales del sur y oeste de la ciudad, era un formato de cine popular que tuvo un apogeo desde los años 50 hasta los 90.

Teatro cine Olmedo.

En la década del 20, cuando Diario EL UNIVERSO comenzó a circular, había en Guayaquil pocos cines y estaban ubicados en la zona céntrica de la urbe, como el Olmedo, Edén, Parisiana, Colón y Victoria, muchos de ellos no se dedicaban exclusivamente a pasar películas, también sus instalaciones se usaban para presentar obras de teatro, zarzuelas, operetas y otras artes escénicas.

Acorde al crecimiento de la población urbana de Guayaquil fue creciendo también la demanda para ver películas, y así aumentaron las distribuidoras de filmes. Al entrar en los años 30 la ciudad tenía 19 salas de cine, distribuidas en varios puntos de la urbe. Con la aparición del cine, también se haría patente la presencia de la censura, especialmente de la Iglesia. Ya en 1914 uno de los diarios del país criticaba que en las salas, amparadas en la oscuridad, las parejas podían cometer actos indecentes.

Los cines de barrio comienzan a aparecer al ritmo del crecimiento de Guayaquil en sus zonas periféricas, especialmente en la década del 50, entre ellos el Central, Fénix, Juan Pueblo, Latino, Quito, Odeón, Colón, Rex, Gloria, Apolo, Centenario, el cine de la Casa de la Cultura, Lido, Capitol.

En el sur destacaron los cines Lido, Porteño, Inca, Capitol; en el centro despuntaban el 9 de Octubre, Metro, Guayaquil, Bolívar, la mayoría de ellos con capacidad para más de 900 personas. Mención especial merece el cine Presidente, inaugurado en 1955, que fue el primero del país en tener un sistema de aire acondicionado, contaba con una pantalla gigante y sonido estéreo y en su entrada había una fuente y efectos de agua. En el norte el cine más reconocido fue el Maya, que se encontraba en la ciudadela Urdesa.

Era parte de la programación tradicional exhibir dos películas en cada función, es decir, la de estreno y una que servía como complemento que había sido exhibida tiempo atrás. Las funciones eran tres: matiné, que era en la tarde; especial, que comenzaba pasadas las 18:00; y, la función de noche, que era a partir de las 22:00.

Otra característica de los cines de antaño de Guayaquil era la llamada vermú, función especial que se daba los días domingos y que era programada con películas para toda la familia. La vermú venía con un valor agregado que era el llamado dos por uno (2x1), dos personas por un boleto, que les resultaba a los padres de familia de la época más rentable a su presupuesto y permitía dejar algún dinero extra para que los chiquillos tomaran algún helado en el intermedio de la proyección.

En el Garzocentro estaba el Garzocine.

A finales de los 80 comienzan a aparecer los centros comerciales como el Policentro y Garzocentro, los que en el interior de sus instalaciones tenían los cines Policine y Garzocine. Esta nueva modalidad de ver películas dentro de los centros comerciales y la aparición de los reproductores de videos como el betamax y el VHS hicieron desaparecer poco a poco los cines de barrio.

Experiencias de la ciudadanía:

Margarita Meier (72 años) recuerda que asistía al cine Presidente y cuenta anécdotas que vivió en su juventud. “Hacía cosas que no debía, llevábamos linternas para enfocar las caras de los amigos que se estaban besando”. Dice que siempre estaban en grupo, por lo general, el número era superior a siete personas.

Meier también apunta las diferencias con el cine de ahora, al que cataloga como “salido de un cuento de hadas”, en comparación a la experiencia que se vivía hace más de 50 años en los cines. “Antes había que hacer cola para que te vendan el ticket, a veces uno llegaba y ya estaba la sala llena, y no te vendían”, cuenta, y hace el contraste con la tecnología actual, la que usamos para comprar los boletos de manera online. Además, menciona que las bancas eran rústicas, incómodas, si la persona se paraba el canguil se caía.

Uno de sus recuerdos más vívidos es cuando fue a ver la película de Disney Blanca Nieves, en el cine 9 de Octubre. En ese entonces ella tenía nueve años y asistió con su padre, a quien todavía tiene presente en su memoria cantando Heigh-Ho.

Por su parte, Pamela Avilés (62 años) recuerda haber visto La laguna azul, El Gran Gatsby, SuperMan, Top Gun. Estas son algunos de los filmes que habitan en sus recuerdos. Sin embargo, aparte de ver las películas, otro de los objetivos entre los jóvenes de la época era socializar. “Yo recuerdo que el tema cine era encuentro, era encontrarnos entre amigas y amigos; era el arte puesto en vida social”, indica.

Los cines Inca y Maya eran los que frecuentaba, y hacer la fila para comprar los boletos no le molestaba porque esa era “la preli”. En la fila se encontraba con todo el mundo y programaba la actividad que iba a realizar después del cine con sus amigos. En la época se proyectaban dos películas y había un intermedio que Pamela Avilés recuerda como “largo”. Las cortinas del cine entraban en polémica, ya que los jóvenes se escondían tras ellas para ver filmes que no correspondían a su edad, así lo dice Avilés.

“En mi caso, recuerdo perfectamente mi primera función”, dice el crítico de cine Jorge Suárez. “Tenía cuatro años y una tarde mi madre resolvió ir al cine y quedé invitado. Al llegar a la boletería y adquirir los boletos dijo: ‘cierra los ojos y dame la mano’. Así ingresamos al teatro Colón (calles Chimborazo y Colón). Ella dijo en voz baja: ‘abre los ojos y busca dos asientos vacíos’. Y claro, yo podía ver en la oscuridad. No recuerdo el título del filme, pero seguramente era una película de Libertad Lamarque, pues era la reina del tango, género musical imperante”, relata.

“Al crecer percibí que las funciones iban de acuerdo con la edad: vermú para los niños (especialmente, en el Aladino, Chimborazo entre Luque y Vélez), matiné para los muchachos, donde Tarzán era el rey de la selva. La especial era para los novios y la nocturna para los ‘papel quemado’”, agrega.

Recuerda que las matinés eran todo un evento. “Cine de moda, chicas bonitas que tenían la popularidad de una estrella de cine, encuentro obligado con la primera mujer que amamos y partícipe de aquel beso que por fin se daba. También era reunión de amigos. Finalmente surgía el atardecer bailable que alguna chiquilla gestionaba en su casa al terminar la función. Los que no intervenían en ella tenían el Milko Bar o el Bongo Soda para hablar de chicas, fútbol o de la película vista”, cuenta.

Jorge Suárez muestra su libro con la primera portada de EL UNIVERSO. Foto: El Universo

El productor Calé Rodríguez cuenta que quedó atrapado desde muy chico con esa experiencia desde la butaca del cine Inca en el barrio del Centenario y las visitas casuales a los amigos del norte en el cine Maya de Urdesa y después los Policines. “Era una fiesta para todos los chicos. Jamás podré olvidar ver Star Wars en pantalla grande, Flash Gordon y, sobre todo, Alien: el octavo pasajero, que fue la película que me marcó tan profundamente que desde esa época de mi niñez decidí que sería cineasta ‘cuando sea grande’”, señala.

El analista audiovisual Federico Koelle rememora el dos por uno, que se pagaba un boleto y se veían dos películas. “Me gustaba un poco ese ambiente clásico, ese ambiente ochentero que duró hasta principios de los 90, de este cine que bailaba entre el barrio, porque eran cines de barrio, así sea el cine Maya, estaban en un barrio, en el barrio de Urdesa, mantenía un poco esta magia, esta mística. Ahora, sin embargo, los cines no han sabido mantener esa mística, no han sabido mantener las condiciones de los espacios, obviamente mantener una sala es mucho más costoso y requiere de otra inversión, de otras visiones para poder mantenerlo y sostenerlo”, comenta.

Koelle resalta la experiencia que se vive en la actualidad gracias a las nuevas tecnologías. “Tenemos salas independientes, como la sala del MAAC Cine, el Ocho y Medio, próximamente sala Remache, que va a tener su propia sala también, pero también tenemos salas alternativas, que son espacios que no responden a una estructura de sala de cine... Las salas alternativas son diferentes, son espacios que se construyen cinematográficamente, siendo una sala de casa que se condiciona para dar una programación constante... Es bueno porque nos abre esa ruta... precisamente hacia el otro cine, el cine de artista, el cine de autor, el cine contemplativo, que no es ampliamente aceptado en las salas comerciales y es necesario que existan porque así podemos abrir la percepción y la perspectiva del cine y la cinematografía”, apunta.

Pienso que... Por Carlos A. Ycaza

Desde mi niñez en los años 50, cada cine de la ciudad tenía un carácter especial no solo por ser salas independientes —de diversos propietarios—, sino porque no existían los malls. Quizás el más hermoso para mí era el Olmedo, transformado de su primera etapa teatral en una enorme sala con las paredes de curvaturas cóncavas que terminaban en la pantalla del momento: el Cinemascope, que reemplazó la pantalla cuadrada. No tenía las dimensiones del Presidente, y su tecnología —ser la primera sala con ‘sonido estereofónico perspecta’, lo que allí permitía una concentración mayor en esas películas monumentales, como Los diez mandamientos

Recuerdo a una señora rezando el padrenuestro durante la escena de Moisés invocando las fuerzas divinas para que el pueblo judío huya de las hordas egipcias y las aguas del mar Rojo se dividían.

En mi juventud, el centro de atracción era el Apolo, cerca del Mercado Central y totalmente de madera; pero allí descubrí el cine europeo y sus maestros, como Federico Fellini con algunas de sus obras maestras.

El Apolo tenía, eso sí, un público de galería incontrolable; no olvidemos que todos los cines tenían dos ofertas de ubicación, con luneta y la galería en precios populares. En el Apolo, si una escena era cortada por decisiones de censura, los gritos e insultos eran como en un estadio, y a veces esto implicaba la suspensión de la proyección, hasta que los ánimos se calmaban.

El teatro 9 de Octubre era también una de las salas más amplias, especialmente porque nació como cine y teatro a la vez. Así, podíamos asistir al estreno de las grandes películas de Sara Montiel y también a su presentación en vivo cuando visitó Guayaquil por primera vez después del éxito de El último cuplé y La violetera. O la inolvidable —y aterradora— experiencia de ver la cinta Psicosis, de Alfred Hitchcock, el día de su estreno en matiné, y presenciar en estado de shock el asesinato de Janet Leigh en la ducha a los 40 minutos de la proyección.

Fueron experiencias únicas que en esas salas tan variadas marcaban nuestras vidas. Además, las visitas a las salas se prolongaban por más de tres horas, porque siempre se exhibían dos películas. Ese “doble cañón” era un gancho crucial.

Análisis de la evolución del cine en Ecuador

Para Koelle, quien también es director, gestor y productor, la evolución del cine en Ecuador, desde el aspecto técnico ha sido “bastante intermitente y bastante lenta del dispositivo”. Cita como ejemplo que el cinematógrafo recién vino a Ecuador en 1906, a través de Carlos Valenti, quien transmite el primer noticiero del Ecuador y que fue hecho en Guayaquil.

Señala que el cinematógrafo salió en 1895 y ya en 1896 estaba por varias partes del mundo, incluidos países como Brasil y Argentina, y ya se estaba produciendo incluso ficción, mientras que en Ecuador se trabajó en ese género con Augusto San Miguel en 1927 con El tesoro de Atahualpa, lo que habla prácticamente de unos 20-30 años de diferencia.

Asimismo, se refiere a otros elementos del cine que también han tenido un proceso lento en su desarrollo en el país. Menciona que el sonido desbordaba en las salas del mundo en 1928; en Ecuador, en 1929, aún se le daba la “espalda” y es recién en 1930 cuando se realiza la película Mientras Guayaquil, que fue “mitad sonora, funcionaba todavía con discos”.

En cuanto a la distribución cinematográfica, dice que hacia afuera “no hemos tenido como tal”, salvo en los 70, pero lo hicieron productoras internacionales que se encargaron de comercializar, como fue el caso de una de México, que vinieron a realizar filmes en territorio ecuatoriano con personajes como Alberto Spencer, en El derecho de los pobres. Algo similar ocurrió cuando vino el sueco Rolf Blomberg, quien hizo cortometrajes y documentales, que fueron llevados al exterior.

En ese sentido, señala que se puede hablar de una distribución de un producto, de cine ecuatoriano como tal con Los hieleros del Chimborazo (grabado de 1977 hasta 1980) por Igor y Gustavo Guayasamín, cuando “Hollywood ya venía distribuyendo cine desde 1915, si no es desde antes”.

2O datos curiosos de 'Ratas, ratones, rateros'

En el caso de las narrativas, comenta que “de alguna manera se han estancado en esta búsqueda de la identidad del ser ecuatoriano a través de una apología del dolor”. “Si hablamos de cinematografía, es decir, de la evolución del lenguaje y de las narrativas podemos ver una mayor, recién, un mayor crecimiento en estos últimos 20 años, desde que está la Ley de Cine y se han logrado producir algunas cosas, es decir, desde Ratas, ratones, rateros, con Sebastián Cordero, que apareció para darnos la visión de contar del Ecuador desde otra perspectiva, desde la perspectiva de género...”, apunta.

La película "Ratas, ratones, rateros", de Sebastián Cordero (recuadro), se estrenó en 1999 y fue galardonada en varios festivales.

“Nuestro cine es demasiado joven y hacer un criterio de su evolución 100 años atrás en adelante es un poco arriesgado, como decía Wilma Granda, el cine ecuatoriano ha vivido de intermitencias, nuestro cine es intermitente, ha tenido momentos bacansísimos, de esplendor, y décadas de olvido y abandono”, añade.

‘Importantes revoluciones tecnológicas’

Por su parte, Calé, presidente de la Asociación de Cineastas de Guayaquil, comenta que más que evolución cree que el cine ha tenido “importantes revoluciones tecnológicas” de gran impacto en las herramientas que se usan para hacer y exhibir cine; pero, en sí mismo, el cine sigue siendo lo mismo desde su invención: contar historias a través de una narrativa audiovisual.

Ecuador es un clarísimo ejemplo del impacto de la revolución digital, dice. “Los cineastas de antaño que trabajaban con cámaras de 16 mm y 35 mm eran muy pocos, nombres como los de Augusto San Miguel, Jaime Cuesta, Camilo Luzuriaga se destacan en nuestra breve cinemateca. Ahora, en tiempos digitales, tenemos un boom de autores nacionales que pueden trabajar con presupuestos modestos, pequeños y otros aún con micropresupuestos, y entregan productos que a veces logran éxitos múltiples en circuitos de festivales”, señala.

“Por supuesto, lejos estamos del país vecino del norte, por ejemplo, que produce una enorme cantidad de cine de exportación, de altísima calidad y variedad, y que incluso provee contenidos para las grandes plataformas de exhibición bajo demanda (VOD o streaming), lo que nos lleva a hablar de la otra cara de la moneda: distribución y exhibición”, enfatiza.

Calé, quien fue presidente de la Academia de Cine del Ecuador, indica que con la revolución digital apareció también la piratería, un gran mal que aún no se ha podido erradicar en nuestro país. “En Ecuador puedes comprar una película pirata en un dólar, y te dan factura. Mientras la piratería no sea decididamente combatida en Ecuador, nuestro cine no podrá despegar, porque hacer cine es un oficio caro que en cualquier país con industria fílmica se paga con las entradas del cine”, expresa.

“Nosotros dependemos de los casi inexistentes fondos de fomento que entrega el Gobierno bajo concursos de difícil acceso, y de los fondos privados de uno que otro visionario que encuentra en el cine una ventana de marketing para su marca, que sí los hay, pero muy pocos, pues en Ecuador tampoco tenemos políticas de incentivos fiscales/tributarios que atraigan empresarios a invertir en la naciente industria de cine”, acota.

Cine mundial cambió en su forma

De acuerdo con Suárez, el cine mundial cambió en su forma: del mudo al sonoro y del sonoro al parlante. “Vino el tecnicolor, la 3D, el cinerama y se ancló en el cinemascope. ¿Y ahora, en su fondo? Abandonó el drama, la comedia, la aventura y el musical para infantilizarse con los héroes de papel, el terror y los dibujos animados. Nuestro Ecuador, en su concepción fílmica, nació con El tesoro de Atahualpa y su pasión argumental, pero ha preferido mantener la tradición y con ella nos ha dado cintas memorables, destaco dos: Prometeo deportado y Ratas, ratones, rateros”, afirma.

Jorge Suárez: Una vida espectacular

Mientras tanto, “en el Guayaquil veinteañero los cines eran la atracción que rivalizaba con óperas, operetas y zarzuelas que llenaban los escenarios del puerto. Fue entonces cuando los propietarios impusieron la pantalla que, terminada la temporada o compitiendo con ella, mostraban las películas silentes que de Europa llegaban... eran las favoritas de los porteños y bueno, después de todo... la llamaron ‘época del Gran Cacao’ porque sus productores vivían en Francia. Pero ya había noticieros guayaquileños (también somos los padres de estos), los llamaban ‘Vistas Cinematográficas Nacionales’ y en 1921 exhibían ‘La inauguración del primer aeródromo de nuestro país (...) cinta al vivo, (de) personajes con lujo de detalles que causaran enorme impresión en el público’”, explica.

“La producción era de la empresa cinematográfica Ambos Mundos, que ha estado muy acertada y feliz con el desarrollo de las películas que anunciamos. El propietario de tal compañía era don Eduardo Rivas Ors, ciudadano español afincado en Guayaquil y que hizo de nuestra ciudad la capital cultural del país”, agrega. (I)