Es difícil descifrar su pensamiento o partes de Sobre Héroes y Tumbas, pero es extraordinariamente lúcido como novelista en El Túnel, y crudo como creativo en Abaddón el exterminador. Sin embargo, su testimonio histórico ante su país y la humanidad está por haber liderado, sin claudicaciones, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).

Ernesto Sábato, luego de los muchos testimonios, recuerdos y nostalgias que se posarán en su permanente domicilio o en el Club Atlético Defensores en Santos Lugares, merece un histórico espacio que trasciende a su memoria de físico, escritor y hasta pintor.

En Argentina se mantiene el debate sobre la culpabilidad colectiva o corporativa respecto a la época del horror. ¿Quienes fueron más culpables? ¿O los Tupamaros que ponían bombas o los militares que sistemáticamente torturaban y fusilaban a los jóvenes militantes de izquierda, que muchas veces no tenían nada que ver con la subversión violenta? Sin embargo, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, liderada impecablemente por Ernesto Sábato, en una época en que aún persistían peligrosos rescoldos del terror militar, tuvo un objetivo diferente a la exclusiva responsabilidad de la represión.

En alguno de sus innumerables ensayos, Sábato describió que en la esencia del argentino estaba el tango, el bife de chorizo y el fútbol. No lo dijo, pero luego presidió una comisión que incorporó al léxico mundial, como categoría sistemática y documentada, la de “desaparecidos”. Ese fue el cometido de la comisión: ¿dónde están si los detuvieron en su domicilio ante su familia, en la calle, a plena luz del sol, en un típico café de barrio o en una discoteca? Simplemente, ¿dónde están? No fue un ciudadano de manera ocasional o varios, fueron miles a los que probablemente –pues no se sabe– les arrebataron sus dolores, sus hijos y su vida. El más claro testimonio lo dio en una conferencia de prensa el sanguinario Rafael Videla, según Clarín el 14 de diciembre de 1979: “¿Qué es un desaparecido? En cuanto este como tal, es una incógnita el desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”.

Como lo dijo un compatriota suyo, La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas fue más significativa que el propio Tribunal de Nuremberg, pues esa fue de los aliados contra los criminales nazis. En Argentina, la Comisión fue de nacionales contra iguales; máxime, que los últimos con la fuerza de armas no optaron por un ‘decoroso’ fusilamiento a sus presuntos enemigos.

En su memoria, es válida una cita de Sábato en la revista Visión Nº 7. Mayo-Junio de 1957: “En 1945 mataron a un estudiante en las calles de Buenos Aires. Junto con veintitantos profesores, protesté por el asesinato y fui exonerado de mi cátedra. Dirigí entonces una nota pública al entonces ministro Benítez, diciéndole que no me asombraban los procedimientos nazis del gobierno –dados sus antecedentes–, sino los errores de sintaxis, ya que el decreto emanaba del Ministerio de Instrucción Pública. Fui condenado a dos meses de prisión por desacato”.