En estas últimas semanas hemos visto cómo nuestra relación con la gran potencia norteamericana llegó a uno de sus puntos más bajos, luego de la expulsión de dos funcionarios diplomáticos de ese país. Contrasta claramente esto con las alabanzas que el 15 de enero hizo el Presidente por la decisión norteamericana de cerrar la base de Manta el día en que termina el convenio. No dudo que las razones esgrimidas para sacar a los funcionarios parecieron adecuadas. Lo que se me ocurre inadecuado es la utilización nuevamente del micrófono, como medio para tomar decisiones diplomáticas. No aprendimos la lección de lo acontecido con Brasil y el incidente con el Bndes, en que tuvimos que recular en la decisión de no pago.
En el fondo dio la impresión que las formas de comunicar las últimas decisiones sobre relaciones con Estados Unidos obedecieron a coyunturas políticas internas. En el caso que nos ocupa puede ser vista como una forma de equilibrar el interminable culebrón en torno a Chauvin y la Aldhu (ya es hora que esto pase a la justicia y el Gobierno deje que ella opere) y sus efectos sobre algunos de los postulados de nuestra conflictiva relación con Colombia.
¿Pero sabemos realmente lo que queremos con nuestra relación con la potencia del Norte? Hasta ahora daba la impresión que ella se movía en torno a cinco ejes: comunicar el énfasis en la soberanía del país y por lo tanto el rechazo a cualquier forma de presencia o interferencia en procesos del país; la búsqueda de una forma de relación comercial con Estados Unidos diferente a un TLC y mientras ello se consiga la renovación del Atpdea por los periodos más largos posibles; la continua colaboración del país en la lucha contra el tráfico de drogas o de personas; la defensa de los derechos de los migrantes ecuatorianos; y más recientemente la idea de constituir una organización regional alternativa a la OEA, sin la presencia de Estados Unidos. A ello se añade esporádicamente la idea de mostrar que el proceso político ecuatoriano es diferente al de otros países como Venezuela y Bolivia.
Estos ejes de política no han variado y no han tomado nota del enorme cambio político en Estados Unidos que trajo aparejada la elección del presidente Obama y su política de apertura para zanjar diferencias, incluso con sus más acérrimos enemigos y el mayor énfasis en el multilateralismo. Se trata a mi juicio de un cambio generacional y de época en ese país. Aún más, las decisiones de política económica recientes parecen en general más cercanas a lo que propone el presidente Correa que cualquiera de las acciones de ese país posteriores al gobierno de Reagan. Reactivación económica vía apoyo a los sectores de bajos ingresos, utilización del crédito, consumir lo nacional, énfasis en la salud y mayor regulación económica son medidas tomadas en estos días por el equipo de Obama.
Es imprescindible a mi juicio actualizar nuestra política hacia Estados Unidos a la luz de estos acontecimientos. Preguntarnos con seriedad cuáles son nuestros intereses como país en este nuevo periodo. Tal vez hay temas que cambiar y otros que mantener. Sería fundamental hacerlo de tal manera de tener un mensaje claro y de mayor coherencia en nuestra política hacia ese país. Quizás este último incidente no entorpezca una nueva era de relaciones.