¿Pero es esto realmente una buena idea? Pienso que no y ello por varias razones que es importante considerar.
En primer lugar, debe pensarse que el impulso de las empresas rurales conformadas por pobres requiere bastante más que crédito. Un análisis de los factores que permiten explicar el éxito sostenido y la mejora en el bienestar de los socios de este tipo de empresas señala que normalmente son factores como capacitación, cuentas claras, fomento del asociativismo, buenos líderes, asistencia técnica, buenas semillas o animales mejorantes, inserción en mercados dinámicos, sanidad agropecuaria, que explican esos buenos resultados. Por el contrario, créditos aislados pueden explicar un buen resultado el año que se otorgan, y desaparece cuando termina el subsidio. Los expertos en desarrollo agrícola señalan que es más adecuado subsidiar estos componentes no crediticios.
Una segunda razón tiene que ver con el hecho de que normalmente quienes se benefician de esos subsidios son los sectores de mayores ingresos en el campo. Si bien se puede pensar que montos de hasta cinco mil dólares no son atractivos para aquellos sectores con mayores ingresos, debe considerarse que la búsqueda de rentas tiene muchos vericuetos y que en general son sectores mejor conectados con quienes deciden a quién otorgar los créditos los que tienen mejores oportunidades de conseguirlos.
Una tercera razón tiene que ver con el impacto que estos programas subsidiados pueden tener en las instituciones de ahorro y crédito, especialmente cooperativas y ONG especializadas en servicios financieros. Estas han crecido en número y calidad, en buena parte gracias a su propio esfuerzo, pero también por el apoyo de organismos como la Superintendencia de Bancos. En efecto, hoy el sector de microfinanzas coloca entre el 8% y el 10% de la cartera del sistema financiero nacional. Ellas han hecho un esfuerzo notable para mejorar su eficiencia y bajar sus costos y de esa manera reducir las tasas que cobran a sus socios y clientes, los que se han multiplicado. La competencia de programas de crédito subsidiado, incluso canalizados por medio de estas instituciones, puede tener un efecto desastroso sobre este sector.
El Gobierno debería pensar bien su programa en el campo de las microfinanzas, especialmente rurales. Lo fundamental es fortalecer las instituciones locales de ahorro y crédito, hacer que estas trabajen coordinadamente con programas de apoyo no crediticio, focalizar los subsidios en ellos y seguir apoyando programas de autorregulación que mejoren su eficiencia.