La ola de calor, que poco fue anticipada y ha durado más de lo que luego se pronosticó, ha tenido una coincidencia inoportuna con dos hechos también salidos de cálculos que, al juntarse, han motivado controversia.

Hechos que se alinearon: los ataques a Irán para contrarrestar su escalada nuclear provocaron la crisis petrolera mundial, al cerrarse deliberada y amenazantemente el estrecho de Ormuz (por donde pasa al menos el 20 % del crudo surgido del subsuelo de los llamados países árabes), y las amenazas de atacar, como retaliación, una serie de instalaciones energéticas. La consecuencia de eso fue el alza del precio de los combustibles que impactó en Ecuador al ser exportador de petróleo, pero al mismo tiempo importador de la mayoría de los carburantes que se consumen dentro.

Se produjo la ola de calor y disparó el consumo de energía eléctrica de aires acondicionados y artefactos de enfriamiento, que ocasionó otro hecho conexo: el daño en centrales de distribución que puso en apuros a las empresas estatales a cargo de su operación y mantenimiento y que tampoco supieron comunicar oportunamente de esos trabajos que provocaron cortes de energía no programados en algunas localidades. Esto caldeó ánimos y dio espacio a que se discuta en redes sociales de unos apagones que resultaron no ser tales, relato que se controló cuando las autoridades destituyeron mandos medios que no supieron paliar la crisis. Se reiteró entonces el normal funcionamiento de las hidroeléctricas y termoeléctricas que sostienen la energía que requieren la ciudadanía y la producción.

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Esta coincidencia no grata de hechos debe dejar claridad en las autoridades sobre la fragilidad que aún tienen áreas estratégicas, como la energética, y a la vez la urgente necesidad de aplicar, sobre todo en esas áreas, métodos de comunicación más efectivos y oportunos, para evitar que quienes crecen en el caos tengan insumos para desestabilizar al país. (O)