El pasado 23 de febrero se cumplieron 45 años de una de las noches más decisivas en la historia contemporánea de España: el denominado 23-F. Aquella jornada puso a prueba a la joven democracia, surgida tras la muerte de Franco.
El asalto al Congreso de los Diputados por parte de guardias civiles encabezados por el teniente coronel Antonio Tejero buscaba interrumpir el proceso democrático. En medio de la incertidumbre emergió otra vez la figura clave para la democracia española: el rey Juan Carlos I. Justo en un momento en que la institucionalidad tambaleaba y algunos sectores militares dudaban, el monarca apareció en televisión, vestido con uniforme de capitán general, para dirigirse a la nación. Su mensaje fue claro, firme e inequívoco: defendía el orden constitucional y rechazaba cualquier intento de quebrantar la legalidad democrática. Aquella intervención no fue un gesto protocolario; fue una toma de posición histórica.
La reciente desclasificación de documentos de ese acontecimiento ha confirmado lo que durante décadas sostuvo la mayoría de los españoles: que la actuación del rey fue decisiva para desactivar el golpe.
Las comunicaciones, las órdenes y los movimientos institucionales de aquella noche confirman que Juan Carlos I asumió el liderazgo moral y político que exigía la hora más oscura de la Transición. No solo había guiado a España hacia la democracia, sino que ahora la defendía a puro pulmón.
La Constitución española de 1978 era todavía joven; las heridas del pasado seguían abiertas. El consenso era frágil. En ese escenario, el rey –designado por Franco pero convertido en garante de la pluralidad política– optó por consolidar el sistema democrático en vez de aprovechar la crisis para reforzar un poder personal. Esa decisión marcó el rumbo del país.
Con el paso del tiempo, la figura de Juan Carlos I ha sido objeto de severas críticas por conductas privadas y decisiones personales que han erosionado su imagen pública. Pero separar la dimensión institucional de la personal es indispensable para comprender la historia con justicia. Las debilidades humanas no pueden borrar un acto que contribuyó de manera determinante a preservar la democracia.
España le debe mucho a aquel gesto de coraje institucional. Sin la intervención clara del rey, el desenlace pudo haber sido muy distinto. La estabilidad que permitió el desarrollo político, económico y social de las últimas décadas tiene en esa noche uno de sus pilares fundamentales.
Paradójicamente, 45 años después, el protagonista de aquella defensa decisiva de democracia vive lejos de su patria. Su innegable papel en el retorno y consolidación democrática fue histórico, y los sacrificios personales y familiares asumidos en aquel proceso forman parte de una memoria colectiva que no debería diluirse.
Reconocer esa contribución no implica ignorar errores, sino comprender la magnitud del momento. En la noche del 23-F, cuando la democracia española estuvo al borde del abismo, Juan Carlos I eligió, sin titubeos, el camino constitucional, del que disfrutan hoy sus detractores, rigurosos censores con el rey emérito pero capaces de indultar asesinos y corruptos por mantenerse en el poder. (O)