Domingo 11 de abril. 17h00. Los hinchas de los dos equipos estarán sentados al filo del sillón a la espera de que el juez dé el pitazo final y se conozca el marcador definitivo con el que terminará el partido. No serán resultados fáciles de digerir para ninguno de los dos bandos, que desde hace un mes no han dejado de lanzar tiros de esquina, penales, tiros libres, y que en algunas ocasiones han quedado fuera de juego… También han hecho gala de juego sucio, halando la camiseta a su contrincante, lanzando codazos y patadas, entre otras triquiñuelas.

Ambos dirán, en algún momento, que el otro hizo trampa. Suele ocurrir cuando los jugadores rompen las reglas a conciencia plena. O que el árbitro estuvo jugando a favor de uno o de otro. Seguramente también dirán que ambos ganaron. O que hay empate y que deben irse a los penales.

A una buena parte de los asistentes al partido, sin embargo, poco o nada le importará la decisión final. Tienen razones poderosísimas que los llevan a sentir esta apatía, otras urgencias.

Enumeremos algunas: a miles les hace falta trabajo y dinero para comprar comida. Si algunos pueden comer, quizá no les alcance para llevar a sus allegados al médico. Otros tantos tienen familiares enfermos por la pandemia o muertos por ese mismo virus. Otros más no saben cuándo podrán ser operados, porque los hospitales siguen sin atender cirugías, a pesar de los dolores físicos insoportables, que los tienen 3 o 4 días botados en sus camas, sin poder salir a ganar un par de dólares para comer.

También hay otros cientos de miles que no saben qué pasará con sus hijos que —en el caso de la Sierra— llevan terminados ya casi dos años escolares en casa. Y los jóvenes y los de más de 40 años, que hace rato no tienen oportunidades. En este momento, en la sociedad ecuatoriana, sobre todo, hay dolor, desesperanza, tristeza y soledad.

Esta es una de las razones por las cuales hay tantos indecisos a cinco días de la elección. Sus estados de ánimo están por los suelos, tienen en la mente sus preocupaciones y buscan que alguien les dé una esperanza o —mejor dicho— sentir que hay alguna esperanza. Y eso es lo que han estado haciendo los candidatos finalistas, hablándoles al oído, diciéndoles lo que quieren o necesitan escuchar. Han jugado con las emociones de sus electores, con sus miedos; les han dicho quién es el malo, quién es el culpable.

Esos miles de ecuatorianos son, entonces, los que provocarán que quienes están siguiendo a detalle la política miren una final de infarto. Hasta los últimos resultados de las encuestas que han circulado por redes sociales y WhatsApp, las cifras generan más confusión. Algunas dicen que gana Guillermo Lasso, y otras Andrés Arauz. Otras hablan de empate técnico, y otras más de la ventaja de alguno de los candidatos, en alrededor del 3%, pese a que el margen de error de esa encuestadora es de +/-3%.

Así que no queda más que acomodarse en el sillón, tomar un vaso de la bebida preferida y escuchar los resultados del Consejo Nacional Electoral, que desatará la conversación política de los próximos días y no cambiará la situación real de la mayoría de los ecuatorianos. (O)