Con el correr de los días va quedando en claro que la transición a una democracia en Venezuela no es realmente importante en la agenda de Washington. No solo que la palabra “democracia” no fue pronunciada en las primeras declaraciones de prensa de las autoridades responsables de la aprehensión de Maduro; algo que ya fue bastante significativo. Es que tampoco se ha hecho saber cuál es el plan, el calendario y requisitos de esa transición. Apenas se ha hablado de una liberación de presos políticos, algo que, en efecto, era necesario y es muy encomiable. Pero de restablecer la democracia no hay nada. De lo que se habla a diario es del petróleo, de China y del acuerdo al que se habría llegado con la tiranía chavista para que cedan su política exterior y petrolera.
Más que una transición a la democracia lo que parece que habría es una transacción: un arreglo, un deal, para usar la expresión inglesa. Un deal en el que nada entran principios o reglas de conducta internacional. Esos principios generales han sido reemplazados por un deal bilateral, en el que la democracia es irrelevante. Esto no es sorpresivo. Desde la primera administración de Trump, y más aún en la segunda, su líder se ha ufanado de ser un genial negociador de deals, y lo ha reflejado en el ámbito de su política comercial: subo tarifas para unos, bajo tarifas para otros; todo depende de manera ad hoc. Los principios del comercio internacional son ignorados por completo. Lo mismo sucede en otras áreas. El escenario favorito parece ser el de lucha libre de todos contra todos, donde la fuerza se impone.
No es una coincidencia que se quiera resucitar la doctrina Monroe, una política forjada en el siglo XIX. Como no lo es tampoco el hecho de que fue durante ese siglo cuando las potencias se embarcaron en una carrera frenética de expansionismo, y un delirante jineteo por maximizar cada una sus intereses a toda costa, dedicándose, entre otras cosas, al reparto del mundo en esferas de influencias. Todo lo cual llevó a la instalación de imperialismos. Víctimas de esa peligrosa emoción que es la nostalgia, algunos radicales ven en ese escenario un modelo para hoy. Lo que ignoran es que fue precisamente esa política de fragmentación e imperialismos, de potencias que se apoltronaban sobre sus patios traseros de África, América Latina, Asia, etc., lo que originó la Primera Guerra Mundial. Y cómo luego de esa catástrofe las naciones no aprendieron del pasado: el mundo terminó en una Segunda Guerra Mundial, la peor carnicería humana en la historia.
El orden internacional que nació en 1945 aprendió de estas tragedias. Por ello, tuvo como piedra angular la universalización de principios en las relaciones internacionales, principios que venían sostenidos por un red de organizaciones multilaterales, lideradas por la ONU, y sus principales instituciones satélite (Fondo Monetario, Banco Mundial, etc.), dedicadas a asegurar predictibilidad. Asuntos tales como la libre navegación, los derechos humanos, el libre comercio, el control nuclear, la circulación de capitales se anclaron en un andamiaje normativo internacional. No ha sido un orden perfecto. Pero es un orden que ha asegurado oportunidades de progreso a la humanidad como nunca antes. Ah, y además nos ha evitado una tercera guerra mundial. (O)












