“Demasiadas personas sufren hoy, demasiadas personas inocentes han muerto, y creo que alguien debe alzar la voz”. Esta frase fue dicha por el papa León XIV como respuesta a las descalificadoras declaraciones del presidente Trump, respecto al papel que el sumo pontífice está jugando en las actuales circunstancias de guerra y violencia en el mundo. El presidente estadounidense lo calificó como débil y terrible en política internacional.
¿Solo el papa debe alzar la voz? ¿O todos debemos hacerlo? Claro, si nos declaramos demócratas, respetuosos del derecho, cristianos o partícipes de una ética laica que tiene en los derechos humanos a uno de sus pilares fundamentales. ¿Quienes hacemos opinión estamos conminados a alzar la voz para exponer nuestras ideas respecto a la guerra, a la muerte y a la destrucción del otro y de los fundamentos de la civilización? ¿O debemos callar, allanándonos con personajes que tienen objetivos que, para ser alcanzados, no reparan en lo que destruyen y a quienes arrasan?
En una columna de opinión publicada en la revista Vistazo-Cuenca, que tuvo como tema una referencia al pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, escribí: “… fue uno de los últimos grandes pensadores que se nutrieron de las experiencias sociales del siglo XX. Sus reflexiones sobre la democracia constituyen uno de los hilos conductores de toda su obra. Su integridad intelectual y la potencia de su pensamiento siempre fueron reconocidos y forman parte de un humanismo ilustrado que, hoy en día, corre peligro de extinción si es que no levantamos la voz y denunciamos el autoritarismo y el procaz desconocimiento del derecho”.
Habermas levantó siempre su voz. También otros lo hicieron y lo hacen, así como muchos articulistas en medios de prensa tradicionales, a lo largo y ancho del mundo. Acá también, por supuesto. Muchos ciudadanos alzan su voz para manifestar su desacuerdo con la guerra y la violencia. Es una obligación moral decir lo que se piensa, pese a la adversidad que la libertad de expresión pueda experimentar en escenarios políticos y económicos que se nutren de la manipulación, la conquista y el engaño para imponer sus ideas respecto a la historia y al presente, que esencialmente están atravesadas por el desprecio a la democracia y a las normas jurídicas que reconocen la igualdad de los hombres y el respeto a la dignidad humana.
El papa León XIV reacciona para rechazar declaraciones que además se burlan de lo sagrado de la doctrina cristiana, que en gran medida se encuentra en la base del humanismo occidental y global. Se opone al atrevimiento de quienes se comparan con Dios y menosprecian a culturas que no son las suyas, como cuando el presidente Trump y su gabinete político se refieren a América del Sur como su patio trasero o cuando ironizan sobre nuestra cultura, idioma e historia, al igual que lo hicieron cuando hablaron tan desenfadadamente de destruir a la civilización persa, con la cual iniciaron un conflicto militar que ha trastocado el delicado equilibrio mundial, imponiendo en su lugar a la guerra, devastadora para todos y, por supuesto, beneficiosa para quienes lucran con ella. Entonces, ¿solo el papa debe levantar la voz? (O)