A la humanidad le costó dos guerras mundiales –y casi cien millones de muertos entre la primera y segunda– para entender las ventajas del multilateralismo. El mundo que gestó esas conflagraciones estuvo dominado por rivalidades imperialistas, el uso de la fuerza, el nacionalismo, guerras arancelarias y anexiones territoriales. Fue un sistema que no garantizaba, como en efecto no garantizó, ni seguridad militar ni prosperidad económica, ni para los más fuertes y menos para los más débiles.
Los valores y principios que forjaron el multilateralismo que emergió en 1945 se inspiraron en los postulados de la Ilustración europea, la corriente cultural que cimentó las bases del mundo moderno. El sistema multilateral se sustentó en el derecho internacional, el libre comercio, la tolerancia religiosa, el respeto a la independencia y los derechos humanos. Un sistema que se sostenía en reglas predecibles. Ese sistema fue impulsado por Estados Unidos, que lejos de aplastar a los vencidos –que es lo que siempre había sucedido desde la Antigüedad al concluir las guerras– decidió más bien crear un orden internacional donde optó por liderarlo más que imponerlo. Una suerte de hegemonía benevolente donde, si bien Washington era el principal beneficiario, no era excluyente de los demás partícipes. Un sistema que sacó de la pobreza a miles de millones de personas.
Hoy ese sistema está diluyéndose. Si en el pasado un poder hegemónico adoptaba acciones cuestionables, al menos lo hacía justificándolas, invocando algún principio o regla o tratado que podría darle cobertura. Hoy ya ni eso se intenta hacer; simplemente se usa fuerza militar o la amenaza de ella, se invade, se anexa, se bombardea y punto. Algunos dirán que el sistema multilateral era proclive a la hipocresía, que escondía un estado de dominación; y hay algo de verdad en eso. Pero al menos había un muro de contención a la barbarie. Algo que esos críticos terminaran añorando.
Hoy lo que parece emerger es un sistema simplemente multipolar. Es decir, un sistema fragmentado en el que hay una potencia que, a pesar de tener el poder, no tiene la voluntad de garantizar un orden mundial. Al contrario, se ha convertido en una fuerza disociativa que privilegia acuerdos y transacciones puntuales en su beneficio y usa el garrote a diestra y siniestra. En el reciente cónclave en Davos, el primer ministro de Canadá, en un histórico discurso, terminó aceptando esta realidad y propuso una especie de puerta de escape ante el colapso del sistema multilateral. Habrá que apuntar a la creación de acuerdos entre los poderes intermedios, como Canadá, India, México o Indonesia, naciones que comulguen con un mínimo de valores y reglas; y habrá que hacerlo al margen de EE. UU. Una tarea nada fácil.
Por mucho tiempo la Unión Europea –dependiente para su seguridad de los Estados Unidos y de Rusia para su energía– ha creído que no necesitaba de un plan B, pues confiaba en el paraguas militar de su gran aliado. Error histórico. En realidad, hoy nos abocamos a una carrera armamentista, y en particular a una proliferación nuclear, como nunca antes. Todo ello dejará a los países débiles en el total desamparo internacional. Y con ello habremos regresado al mundo que por ochenta y cinco años tratamos de evitar. (O)












