Tenía 24 años cuando me convertí en madre. Recuerdo que ese primer embarazo lo viví sin saber lo que venía. Fue como jugar a la casita. Comprar ropita, decorar la habitación, pensar en el nombre del bebé, escuchar música y comer todo lo que quería sin culpa, pero luego nació y mi vida dio un giro tan fuerte como una ola revolcándome contra la arena.
Recuerdo los días en que lloraba cuando él lloraba y tenía terror porque me habían dicho que las buenas madres reconocen los deseos de sus hijos solo escuchando su llanto, pero yo no reconocía nada y lloraba con él.
El tiempo pasó, los años me fueron enseñando, llegaron dos niñas más, pero las cosas no fueron distintas. No soy la madre que armaba hermosos cumpleaños, porque la decoración nunca ha sido mi fuerte. Hasta el día de hoy, no sé partir una torta y no sé calcular la cantidad de pasta que debo poner a cocinar de acuerdo al número de personas que comeremos. No me gustan las actividades domésticas y todavía lloro cuando mis hijos lloran.
Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños y mucha gente me decía que “no los cargue ni los engría mucho porque el varón se podía hacer débil, y las niñas, unas engreídas”, pero nunca hice caso: me reía, les decía que, en cualquiera de los casos, igual seguirían siendo mis hijos y que ya la vida se iba a encargar de golpearlos, así que mi trabajo siempre será y es ser su roca y refugio. Recuerdo cuando fueron creciendo y mi hijo mayor cruzó el charco y una parte de mi corazón se desprendió de mi cuerpo para volar e instalarse con él. Recuerdo cuando me divorcié y la familia se hizo muy chiquita, una vida entre tres mujeres que nos sostenemos entre risas y discusiones, porque a veces las hormonas nos juegan en contra.
Recuerdo cuando mi niña mayor se graduó y tuvo que espantar castillos de humo para aceptar que la vida real tenía otros planes para ella. Recuerdo que lloramos, recuerdo que nos abrazamos fuerte y ahora mi corazón se hincha de orgullo cuando la veo llegar y me cuenta sobre su día, mi churruda, mi princesa ninja saltarina que se está convirtiendo en una mujer. Recuerdo cuando era pequeñita y me acompañaba llena de collares y con su corona de princesa cuando íbamos al supermercado. La recuerdo así y a veces quisiera regresar en el tiempo.
Recuerdo cuando nació mi última hija. Recuerdo que se vivía una tormenta y ella llegó para renacer la esperanza de días mejores porque, a pesar de que el barco se hundió, ella siempre será mi regalo de la vida. Recuerdo cuando aprovechaba que abría un cajón de ropa para meterse y jugar. La recuerdo siempre con sus grandes ojos y su lunar cerca de la boca.
Recuerdo tanto, pero en este mes de la madre siempre me pregunto si he hecho un buen trabajo. Algunas personas me dicen que debo ser enérgica, pero sigo llorando cuando ellos lloran (aunque trato de no hacerlo frente a ellos) y río cuando ellos ríen. Solo me concentro en ser roca y refugio; es lo único que puedo darles, estar ahí cuando me necesitan, como dice Khalil Gibran: “Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados. Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”. (O)