No podemos hablar de recuperar la paz social si no nos hemos conciliado, primero, con nosotros mismos. Hay individuos que, después de levantarse y verse en el espejo, cada mañana, se devuelven una mirada de insatisfacción con la vida y el universo que los rodea. Su inconformidad es tal que van repartiendo enojo por donde pasan y su agrio carácter contamina a los demás creando a su alrededor un ambiente díscolo y desagradable. Muchos de ellos mantienen un clima de violencia y de desagrado en su hogar que luego proyectan al exterior. Y, a la noche, vuelven a sus casas peor de lo que se fueron, porque en el camino encontraron gente de igual talante o, simplemente, hallaron a alguien que les devolvió con creces su despreciable actitud. Lamentablemente, este círculo es envolvente y creciente y afecta el buen desempeño y rendimiento de los trabajadores y de quienes los rodean. A ello debemos agregar lo que ocurre cuando estas personas son presas del alcohol o de las drogas. Entonces, la situación es insoportable, lo que nos recuerda la famosa frase del filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre: “El infierno son los demás”.
Diariamente, algunos medios de comunicación abren sus noticieros con abundante crónica roja. Las cifras son alarmantes. Al 19 de diciembre pasado, Ecuador registró 8.847 homicidios intencionales. Es la cifra más alta en el país en los últimos tiempos; es decir que, en vez de que disminuya la violencia, esta se generaliza y se incrementa más, sintiéndonos inseguros en cualquier parte, porque podemos ser víctimas colaterales o de secuestro o sicariato, tanto que nos hemos visto obligados a cambiar nuestras costumbres. Antes, los actos, públicos o privados, tenían lugar después de las 6 p.m. Hoy, se dan desde las 3 o 4 p.m., lo cual impide la asistencia de quienes deben cumplir su jornada laboral.
Respecto de las agresiones intrafamiliares reportadas hasta noviembre pasado, en el ECU911 se atendieron 65.138 emergencias, con una frecuencia diaria de 200 llamadas.
De las cifras citadas, que no recogen la realidad, porque no todo se denuncia, concluimos que, lamentablemente, nos estamos habituando a vivir de esa manera, sin que se produzca una reacción de nuestra parte, porque la vamos normalizando, lo cual es inaceptable. Es necesario que veamos lo que ocurre en el interior de nuestros hogares y lugares de trabajo, que reflexionemos y empecemos a cambiar nuestra actitud, tanto la pasiva de aceptación de la violencia como la activa. Y, sobre todo, que comencemos por respetar a nuestros próximos y más seres de la naturaleza, enseñando, además, a los pequeños a hacer lo propio.
Escuchemos la buena música, hagamos uso de nuestras habilidades en el arte o el deporte, apreciemos la belleza de la naturaleza, o, simplemente, no agredamos a los demás. Ya con eso habremos conseguido bastante. Pero lo que no podemos hacer es continuar generando o recibiendo violencia, sin justificación alguna, y en las dimensiones que la estamos viviendo. Suficiente con el panorama internacional.
Hagamos de todos los días una noche de paz y de amor, como dice la canción que tanto escuchamos en Navidad. ¡Feliz 2026! (O)












