Pese a todo, este país es nuestra casa. Pese a todo, aquí estamos y cada mañana lo miramos con cariño; quizá algunos lo vean con desprecio, otros con angustia o con decepción. Prevalece la incertidumbre como aire viciado que nos enturbia el ánimo, pero siempre hay un resquicio, una luz que no viene de la política, y que encienden los que trabajan, los que estudian, los que cuidan de los otros, los que aún leen la historia, los que entienden más allá de los balances, y quienes asumen que, a riesgo de los males que saturan los medios, hay una voluntad escondida de ser, de sobrevivir.
Pese a todo, y más allá de elecciones y candidaturas, de discursos y rivalidades, este es un país hermoso, complejo, diverso y a veces contradictorio y frustrante. Sin embargo, es siempre un desafío para la gente común, el desafío de entenderlo como el techo que nos cobija, como posibilidad, como desafío de trabajar en él y por él, aun sobre las trampas de la burocracia y las medianías de la política, y aun sobre las decepciones, porque el Ecuador provoca, incita. Basta mirarlo cada mañana y ver a hombres y mujeres ir a sus labores, madrugar a la finca, llevar a los hijos a la escuela. Basta solo ver a estas personas, a estos ciudadanos de a pie, para saber que sobre el miedo está la voluntad, y más allá de las limitaciones está la confianza que anima a seguir adelante, a echarle una mirada al horizonte, y a confiar, aunque parezca absurdo. Está esa decisión indeclinable que vence al solazo y a la lluvia, al temor, a la aglomeración y a la pobreza.
Después de mirar el noticiero y la prensa, me pregunto: ¿por qué seguimos impávidos entre la información y el anuncio de innumerables catástrofes, entre tanta estupidez de crímenes y guerras?, ¿nos han obligado a normalizar lo insólito?, ¿o es la persistencia de alguna esperanza, es la inexplicable capacidad de reír entre las malas nuevas? No sé, pero la gente sí sabe, y sigue y busca su mejor destino aquí, o lejos, en la aventura de la migración.
De todos modos y pese a todo estamos aquí. Y este es el espacio, la circunstancia que tenemos; este es el paisaje, es la ciudad, el río, la paz que se nos escapa, es el suburbio y la avenida. Son los dramas y las tragedias, y las buenas nuevas también. Y es quizá la sospecha de que siempre será posible recuperar la idea, o tal vez la nostalgia, de un país que soñamos, que no era perfecto, pero que nos dio sitio en el mundo.
Es preciso, cuando las circunstancias nos abruman, mirar a la política y al poder desde la verdadera perspectiva del país, quizá desde ese concepto de “sociedad civil” que se ha vaciado y convertido en lugar común. Si vemos los asuntos sin las coyundas electorales, seguramente afianzaremos la idea de que la política es para servir; el Estado, para obrar desde el interés de la gente; la burocracia, para atender; los jueces, para resolver según la justicia imponga.
¿Ingenuidades, romanticismo, sueños sin sustancia? Quizá, pero, cuando el país bordea un abismo, hay que apelar a los sueños. La historia indica que sí, que hubo sueños que aún no se cumplen y que son deberes pendientes. (O)