En las publicaciones que informan y promocionan productos académicos, en los últimos tiempos, se ha incorporado el concepto “pensamiento crítico”, como un objetivo clave en la formación que se oferta en el amplio mercado de la educación, especialmente en el nivel superior. Esta nueva competencia ofrecida apunta a captar el interés de los candidatos a ser estudiantes de grado y también de quienes aspiran a seguir programas de posgrado o de cuarto nivel.
Si bien algunos pueden tener como objetivo final la obtención del diploma de tercer nivel que les permite trabajar profesionalmente, un número importante de ellos tienen como aspiración el acceso a maestrías y algunos a doctorados. Quienes optan por el primer escalón del cuarto nivel, las maestrías, lo hacen por la necesidad de mejorar sus conocimientos, así como por las exigencias del mercado laboral, en el cual contar con esos diplomas es casi una exigencia sine qua non, si se quiere competir y tener éxito incorporándose a espacios laborales. Quienes apuntan a una formación como doctores, además de los conocimientos profundos a los que aspiran, probablemente tienen como meta su incorporación a la academia como profesores o investigadores.
El pensamiento crítico es una poderosa categoría intelectual. También es una frase muy sonora para el mercado educativo, lo que puede dar lugar, en algunos casos, a que se la utilice para promocionar, posicionar y vender productos académicos. Suena bien y por eso se la asume e incorpora a las ofertas universitarias en un mercado cada vez más grande y en expansión.
El pensamiento crítico es un gran desafío, que implica la generación y el fortalecimiento de competencias intelectuales que permiten cuestionar los datos que provienen de cualquier ámbito de la realidad social o natural. Para practicarlo es necesario conocer cabalmente el estado del arte de la ciencia con la que se está involucrado, para desde esa formación profunda criticar los asertos que lo conforman y proponer algo nuevo que vaya más allá de los paradigmas imperantes.
Si bien el pensamiento crítico debe ser una característica general de la sociedad, desde el enfoque de esta columna, son los profesionales que han cursado el cuarto nivel de educación superior, maestrías y doctorados, y especialmente estos últimos, los más relacionados con este gran desafío. Las siglas Ph. D. son de la frase en latín Philosophiæ Doctor, que designa a personas que tienen el más alto nivel de formación académica, que no solamente repiten conocimientos adquiridos, proponen unos nuevos.
En Ecuador contamos con un número significativo de Ph. D., sin que exista una cifra verificada. Muchos de ellos colaboran con universidades. Seguramente su trabajo actual evidencia las rupturas y aportes que proponen en sus ámbitos de estudio. Es necesario que la sociedad sepa del impacto que el conocimiento nacional avanzado ha causado y causa en nuestra realidad, porque ese es el objetivo final de la labor universitaria que nunca se agota en el interior de la academia. Este tema, aún no dilucidado con rigor, bien podría ser un proyecto de investigación para algunos de los doctores de nuestro país. (O)










