El lunes de la semana pasada se inició la divulgación de un video que, si no fuera por su procedencia y por el tema que trata, podría considerarse como la travesura digital de un grupo de preadolescentes. Pero, cuando el emisor es el Gobierno nacional y el tema es el combate a la inseguridad, el asunto se torna serio. Es preocupante y desolador asistir a la sucesión de imágenes propias de cualquiera de los miles de películas de guerras imaginarias e imposibles, con el presidente de la República, dos ministros y un multifuncionario como protagonistas que recitan guiones triunfalistas con los que intentan negar la realidad del país.
Si faltaba alguna prueba acerca de la ausencia de una política integral de combate al narcotráfico, con este video ya no quedan dudas. Los textos recitados por las autoridades no solo contradicen las cifras de muertes violentas y la multiplicación de delitos que colocan al país en los primeros lugares de las mediciones de inseguridad a nivel mundial, sino que son desmentidas por la evidencia que sufren diariamente las personas de carne y hueso a las que están dirigidos. El video es la mejor expresión de la imposibilidad de reemplazar la política por la comunicación.
La ausencia de una visión integral del principal problema que afronta el país se corrobora con la decisión de aplicar un arancel de 30 % a los productos importados desde Colombia. La justificación está en la misma línea infantil del video cuando sostiene que es una medida para obligarle al presidente colombiano a controlar su frontera. No importa que la primera y principal afectada sea la población ecuatoriana que sentirá la escasez de productos básicos, como medicinas. Tampoco importan los exportadores ecuatorianos, que sentirán un golpe más fuerte que sus pares colombianos e incluso el propio Estado que se verá en problemas cuando vengan los apagones. En fin, si Trump lo hace, por qué no podemos hacerlo nosotros, parecía decir el mensaje expedido desde Davos.
A todo eso se suma el regreso apresurado del foro andino realizado en Panamá, con la consecuente pérdida de una excelente oportunidad para dialogar con el presidente colombiano. Quiérase o no, este señor gobierna un país al que no podemos mover del mapa y que debemos exigirle que sea parte de la solución, así como es en gran medida el origen del problema. Mientras tanto, en el marco de la misma reunión, como una expresión de la importancia de los diálogos al más alto nivel y como una forma de llenar el vacío dejado por la crisis de los organismos multilaterales, el izquierdista presidente de Brasil se reunía con el derechista presidente electo de Chile. Pero, de hecho, era poco lo que podíamos esperar en nuestro caso si al problema que constituye el mayor riesgo que enfrenta América Latina, se le caricaturiza como un episodio de G.I. Joe.
Esa sucesión de hechos –el video, la fijación del arancel y la incomprensión de la dimensión de la reunión de Panamá– es la expresión de la política entendida como un discurso simplón sobre lo viejo y lo nuevo. En estos tiempos de corrección política puede ser poco apropiado utilizar el calificativo popular de palos de ciego, pero eso es lo que mejor describe y caracteriza a esas acciones del Gobierno nacional. (O)