Hace unas semanas, Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, dio un discurso que cristaliza el renacer del nuevo anclaje occidentalista. Su discurso, que generó impacto global, fue en Múnich. Rubio dijo con una claridad que pocos se atreven a ejercer hoy: “Los ejércitos no luchan por abstracciones, luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida”. Esa misma lógica aplica a los Gobiernos. Y es exactamente lo que la elección de José Antonio Kast representa para Chile y para Latinoamérica: un Gobierno que sabe qué defiende.
Rubio advirtió que Occidente pagó caro la ilusión de que la migración irrestricta, el buenismo económico –tener relaciones comerciales sin entender las repercusiones geopolíticas de las mismas– y la delegación de soberanía a organismos supranacionales traerían prosperidad automática. Chile vivió su propia versión de ese experimento. El Gobierno de Boric apostó por esa utopía progresista, el resultado: deterioro institucional, inseguridad escalada y una economía que ahuyentó la inversión en uno de los países históricamente más serios de la región.
Kast llega a corregir ese rumbo con una agenda concreta: recuperar el orden público, controlar la migración y relanzar el crecimiento económico por el que Chile fue admirado.
Ahora bien, este giro no es menor. Chile no es un actor sin importancia en el tablero global. Con más de 6.400 kilómetros de costa sobre el Pacífico, puertos estratégicos como Valparaíso y San Antonio, y una reclamación antártica sobre territorios de creciente disputa internacional, esa delgada y larga franja al sur de todo es una pieza clave en la rivalidad entre Estados Unidos y China. La iniciativa china de la Franja y la Ruta ha avanzado silenciosamente donde los Gobiernos ideologizados e ingenuos dejaron vacíos. Un Chile promercado, alineado con valores occidentales y confiable para sus socios democráticos, cierra esos espacios. Rubio habló de construir una cadena de suministro occidental para minerales críticos; Chile, con su cobre y litio, es protagonista inevitable de esa conversación.
Un Chile estable refuerza el bloque de sensatez económica que junto a Argentina comienza a dibujarse en el Cono Sur. La región necesita ejemplos replicables de que el orden institucional y libertad económica producen prosperidad real.
Para Ecuador, que en 2024 vio grupos narcoterroristas tomar un estudio de televisión en vivo, el modelo Kast tiene lecciones urgentes. Un Estado que recupera el monopolio legítimo de la fuerza, ordena sus fronteras y vincula seguridad con inversión privada es exactamente lo que Noboa necesita consolidar. Kast promete ser un aliado regional en esta materia. Ambos entienden a la perfección que un problema regional no se abarca desde la soledad, sino desde las alianzas. Y Chile, por fin de vuelta al lado correcto del anclaje político, es un gran aliado.
El discurso de Marco Rubio delineó con claridad el rumbo de Occidente. Tan claro fue que ya no hay excusas para seguir patrocinando la ingenuidad o complicidad política en la que muchos líderes en Latinoamérica se escudan. Chile supo elegir mucho más que un presidente, supo elegir una posición en el mundo. (O)