Y esa selva de cemento e ilusiones, también tristezas, sería de un extraño modo ciudad capital para los latinoamericanos errantes. A mi abuelo le gustaba pensar que allí nació la salsa, en los bailaderos del Spanish Harlem (El Barrio) o del Bronx. Antes de mi propia peregrinación hacia allá el novelista Carlos Arcos Cabrera me dijo: “Aprenda a bailar salsa, no sabe lo que se pierde”. No sé si pude seguir su consejo, pero comprendí la dimensión extensa de sus palabras en el Caribbean Social Club, o el Toñita’s, como le decíamos los amigos. Alguna vez, al hablar del Toñita’s, confesé que fue para mí una experiencia metafísica: un volver al cuerpo, al goce, a la humanidad.

Recuerdo, de aquellos años, un descubrimiento alucinante: Karol G. Porque cuando Tusa sonaba, la euforia estallaba. Todos teníamos amores que olvidar. Pruebas de que la vida fue vivida con intensidad. Debí tirar más fotos. Creo, sin embargo, que uno de los momentos estelares de la noche sucedía cuando sonaba Un verano en Nueva York, creación de Justi Barreto y popularizada en la década de los setenta por el Gran Combo de Puerto Rico. Otro momento medular solía ser Idilio, de Willie Colón. Dicen que se basa en una obra de Roberto Carlos, escrita en portugués. Tengo grandes recuerdos bailando Procura de Chichí Peralta o El cantante de Héctor Lavoe. La salsa y el reguetón, también la cumbia y a veces la bachata, eran un espacio de encuentro continental o, mejor dicho, la misma Latinoamérica vibrando en el corazón del mundo.

Cuando volví al Ecuador, el intelectual y artista Marcos Echeverría Ortiz me obsequió un retrato tomado por él de María Antonia Cay, la Toñita, dueña del Caribbean Social Club, como remembranza de una época de idilio y delirio. De un tiempo en el que Nueva York lo fue todo para mí. Tiempo después, en las redes sociales del Toñita’s, noté que una noche, histórica y frenética, Bad Bunny cruzó la puerta de entrada y vivió, quizá, la experiencia metafísica sobre la que yo había hablado tantas veces. Quiero pensar que esa manera de vivir la latinoamericanidad fue el motor detrás de su canción Nuevayol, cuya primera parte es un cover de la apoteósica Un verano en Nueva York. Homenaje y memoria. Tradición y futuro.

Vuelvo a estos recuerdos después de haber visto a Toñita, hace una semana, en el Super Tazón. Honrada, celebrada, admirada. Lady Gaga y Ricky Martin posaron junto a ella. Símbolo de Nueva York, Puerto Rico y la cultura latinoamericana. También de la resistencia que hacemos, con el solo existir y el alzar nuestra voz, en estos tiempos convulsos de xenofobia, racismo y violencia. Tiempos, por otro lado, en los que nuestra lengua, el español, es la segunda más hablada de la Tierra por hablantes nativos luego del mandarín. La lengua de los grandes trovadores de la Edad Media, que le cantaron al amor, a las pasiones, a los cuerpos y las nostalgias como los salseros del siglo XX y los reguetoneros del XXI. Algún día, de algún modo, volveré al Toñita’s y será un BAILE INoLVIDABLE. Cantaré en mi lengua cervantina.

¡Gracias por tanto, adorado Conejo Malo! (O)