En la primera etapa de la vida la máxima medida del tiempo son los años. Los años de entonces “duran” más, pero, más o menos, al cumplir los temidos cuarenta, empezamos a usar las décadas para referirnos a nuestras experiencias conscientes. Podemos decir, con azorado asombro “hace tres décadas”, para referir algún recuerdo. De pronto, hacia 2010, empezó a tener sentido hablar del “siglo pasado”. Y ha llegado el momento en que podemos decir “hace medio siglo” para narrar sucesos que vivimos a plena y adulta conciencia. Bueno, hace medio siglo, es decir en enero de 1976, se produjeron eventos importantes para la historia nacional, pero veo que el quincuagésimo aniversario de tales hechos pasó desapercibido.
Me refiero concretamente al cambio de gobierno ocurrido el 12 de enero de aquel año, en el que el dictador Guillermo Rodríguez Lara fue reemplazado por un triunvirato, también dictatorial. Las circunstancias en que se produjo el relevo fueron totalmente pacíficas, a la par que curiosas. Lo que se vio fue que la noche anterior el jefe de Estado celebró en palacio la boda de su hija. Hacia la madrugada los comandantes de las tres ramas de las Fuerzas Armadas acudieron uniformados a recibir el poder, tras lo cual emitieron un decreto en el que agradecían su gestión al ya exmandatario. Este se dirigió hacia Pujilí, su ciudad natal, donde asistió a un compromiso familiar, en el que bailó alegre y tranquilo. Incluso las transiciones constitucionales han sido menos plácidas, por lo que calificar a esta de “golpe de Estado” resulta discordante.
El gobierno que concluyó en esos días había mostrado ciertas veleidades izquierdistas. Dictó leyes, como la de aguas y la nueva de reforma agraria, con fuertes tintes socializantes pero, a pesar de que el régimen se calificó de “revolucionario nacionalista”, no se puede decir que haya efectuado una revolución. Contó a su favor con un factor único, el inicio de la explotación petrolera, que desde un punto de vista netamente económico ha sido el hecho más importante de la historia nacional. Su administración fue solo medianamente aceptada y no hubo la menor muestra de respaldo cuando fue desplazado. Había algunos altos funcionarios de convicciones afines al marxismo que fueron cesados por los nuevos jerarcas, fueron ellos los que difundieron, sin ninguna prueba, que el “golpe” había sido instrumentado por la CIA, muchos tragaron y siguen tragando tal especie.
Los nuevos gobernantes ya en los manifiestos que proclamaban su asunción del mando expresaron su voluntad de iniciar un proceso de retorno a la democracia, tras seis años de dictaduras. Y, en efecto, a las pocas semanas del cambio de régimen, comenzaron a establecer contactos con la sociedad civil para abrir camino a la restauración de la legitimidad. No fue fácil, se había ofrecido que el trámite tomaría dos años y se necesitaron más de tres. El último tramo, ya con elecciones en marcha, la situación se volvió turbulenta, especialmente tras el asesinato de un candidato, pero al final prevaleció la vocación republicana del país. Los sucesos de hace medio siglo fueron, como se ve, trascendentes, ¿por qué ahora los vemos tan anodinos? (O)










