Con ese nombre, “le mani pulite”, es decir, “las manos limpias”, se hizo conocer un grupo de jueces, magistrados y fiscales italianos que en los años noventa decidieron destapar, procesar y sentenciar a un número importante de políticos italianos involucrados en una vasta red de corrupción. Como resultado de esta decisión, cayó la primera república italiana, colapsó el andamiaje político vigente y se desplomó el sistema de tutelaje que la clase política ejercía sobre el sistema judicial. Ese grupo de jueces hizo algo que parecía imposible en la Italia de esos años: tomaron en serio sus investiduras, esto es, someter sus decisiones a la ley, sin ceder a las presiones del poder político. Lo singular de este proceso es que nació “desde dentro” del sistema judicial, por así decirlo. No fueron políticos ni académicos ni movimientos reformistas, sino un grupo de magistrados, los que lideraron la transformación. Los jueces no eran, ciertamente, los actores de los que cuales Italia podía esperar semejante remezón. Por años la magistratura italiana había sido colonizada por los políticos y la mafia. Los jueces y fiscales, en su gran mayoría, eran simples peones en el ajedrez de la vida pública. Se limitaban a convalidar las arbitrariedades más grotescas de fuerzas externas al sistema judicial, que era usado como una maquinaria de persecución, extorsión y robo. Todo ello al servicio de quien tenía el sartén por el mango en un momento determinado; mango del sartén que era pasado de una mano a la otra en una espiral interminable. Luego de la conmoción que provocaron este puñado de jueces, mucho se debatió sobre su impacto y sus limitaciones. Pero lo cierto es que marcaron un antes y después en Italia. En nuestro país hay jueces honestos y serios. Son una minoría, es verdad; pero hay que recordar que históricamente los grandes cambios los inician las minorías. Por el bien del Ecuador esos jueces serios e íntegros, aunque sean pocos, deben colaborar para ponerle punto final a las burdas prácticas judiciales que muchos de sus colegas, carentes de toda dignidad, lideran con tal de servir al crimen organizado o el poder político. Y que ellos creen que los ecuatorianos somos bobos y que no nos damos cuenta.
El juez Serrano que denunció la presión de Godoy para favorecer a un narcotraficante es un ejemplo de los jueces que el país necesita. La jueza Pila que aceptó el habeas data solicitado por la abogada Villacís, es otro ejemplo. Y así por el estilo. Si bien dichos
jueces no fueron respaldados por las altas autoridades judiciales –algo que debe llenarlas de vergüenza– sino todo lo contrario, lo cierto es que han contribuido a defender la independencia y profesionalización del sistema judicial. El que el presidente (nada menos) de la Corte Nacional ignore la sentencia de la jueza Pila es inaudito.
Claro que la sociedad civil no puede esperar que esos jueces carguen solos con la dura tarea de parar el manoseo político y la corrupción hasta el punto de su inmolación. Eso sería injusto. Esa es una tarea colectiva, pues, a todos los ecuatorianos les interesa tener instituciones judiciales sólidas, que se sometan únicamente a la ley y al derecho. Pero, sin duda, que en ese proceso de liberación, los jueces y fiscales probos que tenemos juegan un papel esencial. (O)












