En 2022, Gabriela Cabezón Cámara estuvo en Guayaquil invitada por la Feria del Libro. Para entonces, el interés en su narrativa se centró en Las aventuras de la China Iron, una ficción que partía del gran poema narrativo Martín Fierro, de la tradición argentina, contada desde una mujer, personaje secundario de la obra. En los años que han transcurrido publicó Las niñas del naranjel (2023), al año siguiente ganó con ella el premio Sor Juana Inés de la Cruz y ha conseguido lo mejor, el fervor de los lectores.
Como en la ocasión anterior, con un conocimiento previo ante los ojos –la autobiografía de Catalina Arauso– soltó su imaginación en torno de ese personaje y tejió una trama levantada con frondosa naturaleza –la de la selva que corresponde a Argentina, cruzada por el río Paraná-. Está en Google y en cualquier historia de mujeres destacadas, la famosa Monja Alférez, para apreciar qué hizo la narradora con ella. Y eso es lo valioso literariamente hablando.
Estamos frente a una novela que abre tres frentes narrativos: un presente de huida con Antonio de Arauso a la cabeza de un peculiar grupo: dos niñas guaraníes, dos monitos, una yegua y su potrillo y una perra ordinaria. Mientras recorren kilómetros, el soldado español va escribiendo una carta –segundo frente– donde narra a su tía, priora de un convento en Donostia, su recorrido personal desde que escapó de su lado. En otros de los 36 capítulos, un narrador omnisciente recoge los hechos de un cuartel donde acampan un capitán, un obispo, soldados e indios, que van a ajusticiar a unos castigados. El lector se ve obligado a avanzar con esas tres líneas de tiempo y anécdotas para entretejerlas y construir una sola fábula.
Este histórico caso de travestismo que ilustra una importante tradición literaria, la de la mujer vestida de hombre, que tiene tanto puesto en Don Quijote de la Mancha, confirma que la libertad, el coraje y la aventura solo pueden vivirse con esa ropa. La original Catalina, dueña de un carácter iracundo y temerario, abandonó España, llevó a cabo acciones valerosas en Sudamérica con varios nombres varoniles, que a su regreso a la metrópoli consiguió dispensas reales y el mismo papa de Roma le permitió continuar vestida de hombre. Su retorno a las colonias absorbe su paso donde se pierde para siempre.
La novela pone énfasis en dos cosas: en la feraz naturaleza latinoamericana con su abundancia de plantas, animales e insectos –capibaras, yaguaretés, serpientes inéditas, hormigas rojas– que moldean la conducta del protagonista y esta personalidad peculiar, cuya religiosidad sigue a flor de piel, al punto de prometer a la Virgen del Naranjel, mencionada en una canción popular, que protegerá a las niñitas que roba del cuartel y avanza, oyendo como coro de la selva los cantos indígenas que parecen cuidarles el camino.
Catalina convertida en Antonio tiene importantes reflexiones sobre esta vida y la otra, sobre el género que suplanta sin dejar de ser mujer. Como este ser total es valiente y llora, maneja la espada y vela con ternura sobre su propia añoranza del euskera, lengua nativa y las dieciocho palabras en guaraní que se repiten en todo el relato. El andamiaje lingüístico de la novela es uno de sus grandes méritos porque resuena la sintaxis del Siglo de Oro español en variada mezcla. (O)











