El presidente Javier Milei empezó su discurso de este año en el Foro Económico Mundial de Davos con una frase para impactar a su auditorio: “Estoy aquí, ante ustedes, para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto…”. En seguida salieron algunos periodistas argentinos a decir que Maquiavelo no había muerto nada y otros, los del lado derecho, aplaudieron su muerte. Lamento informarles a unos y a otros que Nicolás Maquiavelo murió en Florencia el 21 de julio de 1527. Es curioso que los hombres nos empeñemos en mantener vivos a muertos que todos sabemos que están bien muertos. Una cosa es el recuerdo y otra muy diferente es decir que están vivos Maquiavelo, el Che Guevara, Carlos Gardel, Bolívar o San Martín.
Bromas aparte, el presidente argentino no se refería a la muerte del autor de El príncipe sino a la del maquiavelismo en la política. No sabemos si el presidente argentino ha leído a Maquiavelo, pero sí que tiene en su imaginario lo que el maquiavelismo significa, que podría resumirse en la lucha por el poder a como dé lugar, sin importar los medios ni las consecuencias. Eso es lo que está identificando hoy a la política en gran parte del mundo, cuando la única ideología es el poder. Primero conseguirlo y después conservarlo a toda costa, sea como sea. Hay muchos ejemplos cercanos y lejanos y quizá no sea una buena idea mencionarlos para no quedarnos con la anécdota o empezar a discutir este o aquel caso.
La política se volvió la lucha por el poder, pero por el poder mismo y no para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de nuestros países. No importa el progreso ni el desarrollo ni la salud ni la seguridad ni el patrimonio de los ciudadanos: lo que importa es el poder y nada más que el poder para la casta que vive del poder. Y como no tiene escrúpulos ni vergüenza, desde el poder mandan, engañan, mienten, roban, descansan, viajan y sobre todo atesoran billetes en sus cajas fuertes... Con tal de mantenerse en el poder se hace cualquier cosa, hasta lo más descarado. Podría hacer una lista de cada país –de los nuestros y de Europa– pero sigo con la idea de no quedarnos en la discusión de los casos, algo que gusta mucho a nuestra lógica adolescente latinoamericana.
Aunque es evidente que tiene pretensiones más universales, en Davos Javier Milei hablaba de la República Argentina, que lleva ya un siglo de maquiavelismo a ultranza, y no se salvan los gobiernos de uno y otro lado del espectro ideológico, incluidos los de facto. La ideología es solo una cortina para conseguir el poder. El maquiavelismo ha parasitado los partidos, los movimientos y la democracia, pero últimamente ha sido el socialismo en sus variantes modernizadas el que no ha conseguido demostrar que detrás de ellos se escondía una manera de imponerse a los gobernados, solo y nada más que para sentarse en el poder. Sin escrúpulos y sin una pizca de vergüenza, han vaciado obscenamente las arcas del Estado, se han hecho multimillonarios, han empobrecido a nuestros pueblos y los han sumido en la ignorancia, solo para asegurarse los votos en la próxima elección. Eso es maquiavelismo puro. (O)