Un abrazo, en su forma propia, es el gesto tal vez más sencillo del mundo: dos personas acercando sus corazones físicamente, dos soledades que se reconocen.
Evoca fuerza, ternura, compasión, alegría, todo según su intención o todo al mismo tiempo, se convierte en ese refugio que buscamos sin palabras. Pero es triste pensar que hoy el abrazo se ha vuelto un acto frágil, tanto que se ha vuelto sospechoso. Lo damos menos, lo pedimos menos, le tememos más.
La extraña sociedad que hoy vivimos nos pone como bandera la desconfianza. En un país donde la violencia no solo mata personas, también ha lesionado la confianza mínima que debería unirnos.
Abrazar ya se ha vuelto un cálculo frío y mordaz rayando en la hipocresía más que un instinto humano. Nuestros niños crecen entre las balas y las noticias sangrientas y entienden que el contacto físico ya no es un refugio sino que constituye un riesgo en el sentido literal de la palabra.
El alejamiento ya no es solamente físico, también es emocional. Cambiamos los abrazos por stickers, la ternura por la pantalla, el calor de un abrazo por un like, y con eso creemos que nos basta y hasta nos sobra. Pero querido amigo lector, ¡me resisto! Porque con eso no basta. Un emoji jamás reemplazará la calidez de una respiración compartida, la tranquilidad de la presión de un pecho contra otro al que ama, el silencio que nos llena de compañía.
Un abrazo definitivamente es un acto de resistencia en medio del horror: mamás que se abrazan frente a una pérdida, presos que se aferran para no romperse en medio del infierno, pueblos que se sostienen en el dolor colectivo. La fragilidad de un abrazo es, en el fondo, la fragilidad de nuestra dignidad.
Y sí, tal vez un abrazo no resuelva ningún problema, no acaba con la corrupción ni acaba con los violentos, pero sí nos aferra a algo elemental, nunca estamos solos, estamos unos en otros.
Y tal vez si llegamos a entender esto sea el norte de una transformación verdadera: reconocernos como seres humanos antes que meros ciudadanos, entendernos antes de gritarnos, unirnos antes de combatirnos por ideales politiqueros, abrazarnos antes que pelearnos.
Querido amigo lector, sea honesto con usted, ¿hace cuánto no ha regalado un abrazo sin miedo, sin cálculo, sin compromiso?
Si dejamos morir un abrazo nos convertiremos en sociedades que apenas nos rozamos sin tocarnos y hasta con asco de un humano tan imperfecto como lo somos nosotros, seremos multitudes sin encontrarnos.
Si el abrazo desaparece no será la violencia la que nos derrote sino nuestra incapacidad de reconocernos humanos. Seremos nosotros los vencidos, nos miraremos con desconfianza, daremos cabida al odio.
Ahora que me ha leído abrace el tiempo con usted mismo para reconocerse como ser humano, salga y abrace a sus hijos sin ningún motivo, abrace a su amigo sin causa justa, que lo mire como si estuviera loco, porque, como se dijo en Alicia en el país de las maravillas, las mejores personas lo estamos. (O)