La candidatura a la reelección de Francisco Egas como presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF) se da en un momento clave para el fútbol nacional. En un país donde este deporte no solo es pasión sino identidad, evaluar una gestión exige ir más allá de las simpatías o críticas coyunturales y concentrarse en los resultados concretos.
En el plano deportivo, los números respaldan el proceso. La selección ecuatoriana ha logrado consolidarse como protagonista en la región y asegurar su participación en el Mundial, manteniendo una línea competitiva que combina juventud, renovación y carácter. Más allá de las dificultades propias de una eliminatoria sudamericana –considerada la más exigente del planeta– Ecuador ha sabido estar a la altura. No es un logro menor en un contexto de transición generacional y bajo la presión permanente que implica dirigir al equipo más representativo del país.
Pero la gestión de una federación moderna no se mide únicamente por lo que ocurre dentro de la cancha. En el ámbito administrativo y comercial, la FEF ha dado pasos importantes en la consolidación de su imagen institucional. La marca de la selección ha ganado presencia, se han fortalecido relaciones comerciales y se ha proyectado una imagen más ordenada y profesional hacia el exterior. En tiempos donde el fútbol es también industria, este aspecto resulta determinante para garantizar sostenibilidad económica y capacidad de inversión en procesos formativos.
Por supuesto, ninguna administración está exenta de críticas. El fútbol ecuatoriano enfrenta desafíos estructurales: problemas en clubes, tensiones dirigenciales, limitaciones en infraestructura y debates sobre formatos de competición. Pretender que una sola gestión resuelva décadas de falencias sería desconocer la complejidad del sistema. Sin embargo, lo que sí puede exigirse es coherencia, estabilidad y visión de mediano plazo.
En ese sentido, la continuidad puede convertirse en un valor. Cambiar por cambiar rara vez produce mejores resultados. Los procesos deportivos requieren tiempo, planificación y respaldo institucional. Interrumpir un ciclo que ha mostrado resultados positivos, tanto en lo deportivo como en lo organizativo podría significar retrocesos innecesarios.
La reelección de Francisco Egas no debe analizarse desde trincheras personales, sino desde una perspectiva institucional. Si el balance general es favorable –clasificación mundialista, fortalecimiento de la imagen de la selección y mayor profesionalización administrativa– lo razonable es permitir que ese proceso continúe y se profundice.
El fútbol ecuatoriano necesita menos improvisación y más proyecto. Más consensos y menos confrontación estéril. La Federación no es un botín político, sino el eje rector del deporte más importante del país. En esa lógica, la estabilidad y la continuidad no son caprichos, sino herramientas para consolidar lo avanzado.
Hoy, más que nunca, el desafío es sostener lo bueno, corregir lo que haga falta y entender que el crecimiento institucional no se construye a golpes de timón, sino con rumbo claro y convicción. (O)