Desde la segunda década del siglo XIX hasta el presente, los Estados Unidos han imaginado el espacio que va desde el Ártico hasta Tierra del Fuego como una idea política que entiende al resto del continente como un territorio contiguo, un jardín trasero o patio, de su propio país. Alrededor de esta concepción se produjo, en forma paralela, una doctrina estratégica que plantea, como objetivo nacional, el aseguramiento de lo que se llama el Hemisferio Occidental como una condición de su sobrevivencia. Esa es la doctrina Monroe.

Esa política se formalizó en 1823. Se emitió como una estrategia defensiva destinada a prevenir el regreso de las potencias coloniales europeas a lo que ahora conocemos como América Latina. Para ese entonces, luego de quince años de guerras independentistas desde México hasta el Río de la Plata, la corona española abandonó casi todas sus colonias. De manera distinta, la monarquía portuguesa se alejó del continente luego de que uno de sus herederos, de manera incruenta, separó lo que ahora es Brasil de la metrópoli, proclamando un imperio local que duró más de setenta años.

Para los Estados Unidos decimonónicos fue importante sostener las independencias y evitar la rivalidad con los poderes europeos. De hecho, sí hubo intentos de recolonización: el más importante de ellos fue la instauración francesa de un gobierno monárquico en México en 1864, el mismo que terminó tres años más tarde, tras la victoria dirigida por Benito Juárez, que expulsó a las tropas extranjeras con el apoyo del conjunto de la nación y, además, de la ayuda económica y militar de Washington.

En la lógica de la doctrina Monroe, los EEUU se plantearon el control del canal de Panamá bajo lo que brevemente se conoció como el corolario Hayes de 1880; pero, en la primera década del siglo XX, se produce una transformación dramática de la estrategia cuando Teodoro Roosevelt emite su propio corolario otorgándole a su país el derecho de intervenir militarmente en América Latina y el Caribe para hacer cumplir los compromisos internacionales. De originarse como una aproximación defensiva, la doctrina se convierte en una política proactiva que se funcionaliza para sostener los intereses estadounidenses por la fuerza, si fuera preciso, en el Hemisferio. Esa doctrina inspiró todo el andamiaje jurídico y político, que justificó las intervenciones abiertas y encubiertas de Washington en la región durante la Guerra Fría, para confrontar a la Unión Soviética.

Donald Trump ha enunciado su corolario personal. En él se asume tácitamente al Hemisferio Occidental como una prolongación del territorio estadounidense, y se otorga la capacidad de intervenir para prevenir el acceso a los recursos de la región, o de instalar fuerzas que puedan amenazar a su seguridad, por parte de potencias extra hemisféricas.

La connotación de las palabras “Hemisferio Occidental” da cuenta de una construcción discursiva que integra un territorio a la visión estratégica de los Estados Unidos, pero hay otra imagen en competencia con aquella: la expresión “América Latina”, que también tiene su propia y potente carga simbólica y de significados. (O)