Hay quienes dicen que al llegar a París, Francia, padecen un deseo irrefrenable de acudir al cementerio de Montparnasse. Se encaminan hacia ese lugar como si asistieran a la consecución de una misión o del destino. Son los mismos a quienes una emoción se les desborda cuando arriban a la tumba del cronopio mayor, Julio Cortázar, y su pareja, Carol Dunlop; lápida siempre llena de cartitas, boletos de metro y otros regalos. Entonces, solo entonces, sienten que han cumplido con su maestro y le escriben a contar que, gracias a sus clases, andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
En ese cementerio hay mucho de América Latina y sus diálogos con Europa. Está César Vallejo, que es imprescindible, esencial y amado. Así como Carlos Fuentes, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras o Charles Baudelaire. Universales. Y esa capacidad, o sensibilidad, de entenderse con cronopios, habitantes de un continente y herederos de su tradición, es lo que durante décadas enseñó a sus alumnos el profesor José Julio Cisneros, en su clase Temas de América Latina de la Universidad San Francisco de Quito. Una clase que transformó la mirada de generaciones, precisamente, por cultivar la capacidad de asombro y la conciencia ante la historia.
Quizá fue ese mismo ímpetu, tan comprometido como curioso, lo que le hizo volver al Ecuador y dejar la Universidad de Pittsburgh, en la que había empezado a construir su carrera como catedrático e investigador. Aquí se volvió un foco de resistencia, pues en un espacio de privilegio intelectual y material, se dedicó a construir un cable a tierra con la realidad y con la historia. Para ello, su principal aliado fue la literatura, o como dice su perfil oficial, la novela y el cuento latinoamericano de los siglos XX y XXI, así como los registros y testimonios sobre las dictaduras del Cono Sur. Conocer el pasado para elaborar el futuro. Esa fue su apuesta.
Su memoria histórica se consolidó como un proyecto integral: se volvió un crítico de todas las dictaduras y autoritarismos, de izquierda y de derecha. Sin embargo, estudió profundamente todos esos procesos, para no caer en la banalidad del lugar común o el odio gratuito. Así han sido, no solo sus décadas como maestro, sino sus primeros ochenta años de vida, que ha celebrado recientemente, con baile y ochenta amigos, entre ellos varios alumnos. Pienso que la misión de su vida fue abrir los ojos de nuevas generaciones, es decir, ser maestro.
Sus alumnos se reconocen por el mundo, quizá en los ritos. Por ejemplo, el hecho de hablar glíglico o recordar que tras abandonar París, Horacio Oliveira, como Orfeo, buscó a la Maga en el inframundo y luego se buscó a sí mismo en Buenos Aires, Argentina. Ella, como tantos latinoamericanos, había desaparecido. Cortázar es, entonces, la contraseña que tenemos sus alumnos. Aunque confieso que nunca tomé su clase. Y es que hay muchas formas, más allá de las oficiales, de ser maestro, por ejemplo, con la amistad. Ha sido fundamental conocer a José Julio y entender, a ciencia cierta, que este continente existe. Y que, pese a todo, tiene futuro. (O)